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La muerte reina sobre todo
























Libro de Chilam Balam de Chumayel
Universidad Nacional Autónoma de México, Biblioteca del Estudiante Universitario, México, 1941, p. 87

Muere Ernesto Sábato

"Nunca me he considerado un escritor profesional, de los que publican una novela al año. Por el contrario, a menudo, en la tarde quemaba lo que había escrito a la mañana".

Sión

Y les pregunté a los muchachos, les dije, muchachos, ¿qué es lo que han sacado en limpio de este poema?. les dije, muchachos, yo llevo más de cuarenta años mirándolo y nunca he entendido una chingada. Ésa es la verdad. Para qué voy a mentirles. Y ellos dijeron: es una broma, Amadeo, el poema es una broma que encubre algo muy serio. ¿Pero qué significa? dije. Déjanos pensar un poco, Amadeo, dijeron. Claro que los dejo, faltaría más, dije yo. Déjanos reflexionar un poco y a ver si te alivianamos la incógnita, Amadeo, dijeron. Claro que quiero que me alivianen, dije yo. Después uno de ellos se levantó y fue al baño y el otro se levantó y se fue a la cocina y yo me puse a dormitar mientras ellos circulaban como Pedro por el infierno de mi casa, quiero decir, por el infierno de recuerdos en que se había trasformado mi casa, y yo les dejé hacer y me puse a dormitar, porque ya era muy tarde y mucho lo que habíamos bebido, aunque de vez en cuando los escuchaba caminar, como si hicieran ejercicios para desentumecer los huesos, y de vez en cuando los oía hablar, se preguntaban y se respondían no sé qué cosas, algunas muy serias, supongo, pues entre pregunta y respuesta mediaban unos silencios grandes, otras no tan serias pues reían, ah, qué muchachos, pensaba, ah, qué velada más interesante, hacía tiempo que no bebía tanto y que no conversaba tanto y que no me lo pasaba tan bien. Cuando volví a abrir los ojos los muchachos habían encendido la luz y delante de mí había una taza de café humenate. Bébetela, dijeron. A sus órdenes, dije yo. Recuerdo que mientras me tomaba el café los muchachos volvieron a sentarse enfrente de mí y estuvieron comentando los otros textos publicados en Caborca. Bueno, pues, les dije, ¿cuál es el misterio? Entonces los muchachos me miraron y dijeron: no hay misterio, Amadeo.

Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, Anagrama, Barcelona, 2007, p.376-377

La memoria es letal

"Debo aprender que un pasado no hay, todo es literatura. Debo comprender que la memoria es letal: es trampa y sepultura."

Preferiría no hacerlo

Figura pulcra, lastimosamente respetable, incorregiblemente desolada ¡Ese era Bartleby!...

¡Qué falta de amistad y qué soledad tan miserables se ponen aquí de manifiesto! Su pobreza es grande, pero su soledad... ¿qué horrible! ... Por primera vez en mi vida me envolvió un sentimiento de melancolía abrumadoramente punzante. Anteriormente, nunca había sentido nada, excepto una tristeza que no me resultaba desagradable, pero en ese momento, el vínculo que me unía a la vulgar humanidad me empujaba irresistiblemente a la depresión. ¡Una melancolía fraternal!... ¿Ay! la felicidad busca la luz y por eso creemos en la distancia que todo el mundo es feliz. Sin embargo, el sufrimiento se oculta en la distancia, motivo por el cual pensamos que el sufrimiento no existe...

en la misma proporción en la que la tristeza por Bartleby crecía cada vez más en mi imaginación, aquella misma melancolía se convertía en miedo y la pena en repulsión...

lo hice frente y lo ahuyenté. ¿Cómo? Vaya, simplemente recordando un mandamiento divino: "Amaos los unos a los otros". Sí, eso fue lo que me salvó...

Bartleby había trabajado como subalterno en la sección de "Cartas no reclamadas" de la Oficina de Correos de Washington, de la que lo habían despedido de repente por un cambio de administración... ¿existe otro trabajo más adecuado para acrecentar esta desesperanza que el de manipular continuamente esas cartas no reclamadas y clasificarlas para destruirlas en las llamas? Porque las queman a montones cada año. Alguna vez, entre el papel doblado, el pálido empleado encuentra un anillo -el dedo al que iba dirigido quizá esté descomponiéndose ya en su tumba- ... buenas nuevas para los que asfixiados por las continuas calamidades, fallecieron ya. Portadoras de mensajes de vida, estas cartas se precipitan a la muerte. ¡Ay Bartleby! ¡Ay humanidad!

Fragmentos de Bartleby, el escribiente, de Herman Melville (trad. Ma. José Chuliá García, Nóridca libros, Madrid, 2007)

Buridán

Al asno de Buridán, que en determinado momento sentía exactamente la misma necesidad de comer y de beber, se le colocó hierba y agua a una distancia medida. En el cerebro las pulsiones de hambre y de sed le neutralizaron de tal forma que el asno quedó paralizado a mitad del camino entre el pesebre y el abrevadero. Si ambas tentaciones no hubieran roto el equilibrio, el animal habría quedado inmóvil hasta la muerte. Esta parálisis del asno de Buridán la he visto reproducida en varios ejemplares humanos. Cuando los pasajeros desembarcan de un avión, se puede observar que muchos ejecutivos, al llegar a la sala del aeropuerto, de pronto quedan rígidos o estáticos sin poder caminar. Las ansias de fumar y de hablar por teléfono con el móvil efectúan a la vez una descarga similar en el cerebro, y ellos no pueden elegir entre el aparato y el paquete de tabaco. Esta indecisión del asno de Buridán no sólo se aplica las reacciones mecánicas de los cuerpos humanos. También atañe a las potencias del alma, hasta el punto que los siete pecados capitales, perfectamente combinados, no sólo se anulan, sino que a veces generan una virtud. Muchos rufianes no saben escoger entre la ira y la pereza: tienen que acuchillar a alguien, pero de repente son atacados por la desgana y deciden pasar la tarde echando migas a las palomas en el parque. Innumerables parejas experimentan al mismo tiempo la necesidad de estrangularse y la de degustar juntos un buen cocido. En este caso, el odio y la gula llegan a una síntesis y todo queda reducido a devorar ese plato con el tedio consabido, cuya manifestación es ese silencio de familia que puede durar toda la vida hasta transformarse en una buena amistad. Si el asno de Buridán fuera llevado del rozanal al Parlamento, muchas veces quedaría paralizado y estupefacto sobre una alfombra de la Real Fábrica entre dos estupideces exactas pronunciadas por diputados de distintos bandos. Por lo que a mí respecta, ahora mismo no sé si suicidarme o tomarme un helado.
MANUEL VINCENT

Literatura, maldad, erotismo e infantilismo


Entrevista a Bataille realizada por Pierre Dumayet en 1958
(al parecer es su única entrevista televisiva conocida)

Obra maestra

El tigre medirá un metro. Su jaula tendrá algo más de un metro cuadrado. La fiera no se da punto de reposo. Judío errante sobre sí mismo, describe el signo del infinito con tan maquinal fatalidad, que su cola, a fuerza de golpear contra los barrotes, sangra de un solo sitio.
El soltero es el tigre que escribe ochos en el piso de la soledad. No retrocede ni avanza.
Para avanzar, necesita ser padre. Y la paternidad asusta porque sus responsabilidades son eternas.
Con un hijo, yo perdería la paz para siempre. No es que yo quiera dirimir esta cuestión con orgullos o necias pretensiones. ¿Quién enmendará la plana de la fecundidad? Al tomar el lápiz me ha hecho temblar el riesgo del sacrilegio, por más que mis conclusiones se deriven, precisamente de lo que en mi puede haber de clemencia, de justicia, de vocación al ideal y hasta de cobardía.
Espero que mi humildad no sea ficticia, como no lo es mi miedo de dar a la vida un solo calificativo: el de formidable.
en acatamiento a la bondad que lucha con el mal, quisiera ponerme de rodillas para seguir trazando estos renglones temerarios. Dentro de mi temperamento, echar a rodar nuevos corazones sólo se concibe por una fe continua y sin sombras o por un amor extremo.
Somos reyes, porque con las tijeras previas de la noble sinceridad podemos salvar de la pesadilla terrestre a los millones de hombres que cuelgan de un beso. La ley de la vida diaria parece ley de mendicidad y de asfixia; pero el albedrío de negar la vida es casi divino.
Quizá mientras me recreo con tamaña potestad, reflexiona en mí la mujer destinada a darme el hijo que valga más que yo. A las señoritas les es Concedido de lo Alto repetir, sin irreverencia, las palabras de la Señora Única: “He aquí la esclava”… Y mi voluntad, en definitiva, capitula a un golpe de pestaña.
Pero mi hijo negativo lleva tiempo de existir. Existe entre la gloria trascendental de que ni sus hombres ni su fuente se agobien con las pesas del horror, de la santidad, de la belleza y del asco. Aunque es inferior a los invertebrados, en cuanto que carece de la dignidad del sufrimiento, vive dentro del mío como el ángel absoluto, prójimo de la especie humana. Hecho de rectitud, de angustia, de intransigencia, de furor de gozar y de abnegación, el hijo que no he tenido es mi verdadera obra maestra.

Ramón López Velarde

La memoria es una columna vacía

Memoria y Espanto, o el recuerdo de infancia
Néstor A. Braunstein
Siglo XXI, México, 2008

Reseña


Memoria y espanto de Néstor Braunstein (Argentina, 1941) es un paseo erudito a través de los ejercicios reflexivos del yo, por las escrituras que nacen de la experiencia frente al espejo de los recuerdos, experiencias que terminan siendo el material con el cual se urbaniza un espacio habitable, sin embargo en dicha urbe, como en la enigmática Tamara de Calvino, nada es igual a sí mismo, todo es materia signada por enigmas, ahí lo uno es lo otro y todo retruécano es posible. Se trata del umbral de los acertijos que plantea la memoria, la reflexión ante lo acaecido, el yo frente a sus primeros recuerdos. El inquisidor analista que perfora las gruesas capas del olvido implantado en sus pacientes se acostumbra más o menos a las mismas formas en que se reportan los primeros recuerdos, puede casi predecir la secuencia narrativa, pero es aquí donde el autor se ha permitido virar su agudo sentido psicoanalítico de la clínica a la escritura, y su expectativa por hallar narrativas menos ordinarias lo llevó a los textos autobiográficos de algunas de las mejores plumas literarias (a semejanza del proceder de Freud ante Goethe o Leonardo). De esta manera son repasadas las memorias de J. Cortázar, J. L. Borges, G. García Márquez, V. Wolf, Nuria Amat, V. Nabókov, E. Canetti, G. Perec, M. Leiris y J. Piaget, a través de los cuales se confirma que toda escritura es un ejercicio de modelaje y plástica de la identidad, esfuerzo que se resiste a ciertos olvidos y que trae a cuenta ciertos sucesos. La escritura es vista aquí como la concreción de una voluntad selectiva que ordena, distribuye y jerarquiza el haz de los recuerdos, resultando así cada escritor un efecto de su propia escritura.

El leitmotiv del libro está sintetizado en una frase de Cortázar: “La memoria empieza en el terror”, idea que cae como relámpago, luminoso y terrible, que enmarca la resistencia de la misma memoria a traer a cuenta el dolor. Curioso asunto es el que nuestros recuerdos estén poblados de instancias anodinas, que sean tan banales nuestras impresiones más persistentes, pero es que, nos convence el autor, la memoria encuentra su fidelidad al principio de placer al cubrir el terror, por eso selecciona y distribuye la materia del recuerdo de tal forma que sea indolora, o lo menos traumática posible. Este fenómeno es el que entretiene a Braunstein al leer a sus escritores favoritos, en ellos puede constatar, como en el caso de Cortázar, cómo el registro infantil del canto de un gallo y la luz solar que se cuela a través de las amplias ventanas de su cuarto se asocia a un trauma del que se han perdido los accesos directos. Y es que nunca olvidamos realmente, sólo reprimimos, trasladamos, transformamos los terrores en recuerdos inocuos, cercamos la angustia mnémica con la valla de la trivialidad.

Se puede entender claramente por qué la memoria es también olvido, Blanchot afirmaba: “la memoria es una columna hueca que se construye en torno de un vacío central hecho de olvido y rechazo”. La memoria es resistencia al olvido pero a su vez es su terrible permanencia, Mnemósine posee un rostro afable pero porta el espantoso hálito del trauma, juega a ser esfinge que habla enigmas, pero detrás de cada uno de éstos se agazapa el espanto. Pero el autor no pretende, como se pensaría de la ortodoxia freudiana, hacer consciente todo lo inconsciente, le basta subrayar que la memoria es inseparable del olvido, y éste del dolor, que somos memoria fabuladora y que nuestra existencia es narración donde se cruza la ficción con la realidad, pues a fin de cuentas nuestra vida no es más que cierta novelización.

“The thing I am shall make me live” escribía Shakespeare, pero ¿qué es esa cosa que llamamos “yo”? ¿Quién es el sujeto que novela su vida?, ¿el autor que escribe o el autor que es narrado?. Estamos frente a la prosopopeya en su sentido genuino, la construcción de un rostro para el sujeto que escribe, que se escribe, el cual puede: a) evadirse en el anonimato de una burocrática labor de archivista de sucesos a los que no se otorga ni rango ni valor con tal de ser “objetivo” (prosopagnosia); b) maquillarse, embellecerse y robustecer el ego en los más delirantes ensueños para que los demás lo vean como él quiere ser visto (prosopoplastia); c) diferirse en el deshacimiento de sí, en el desfiguro de lo que el tiempo ha erigido, espíritu “samsiano” que puede rozar lo intolerable, ya sea por desafiante o simplemente por inaccesible (prosopoclastia). Néstor Braunstein plantea que se trata del purgatorio, paraíso e infierno de una divina comedia humana que todo buen narrador transita para reconstruir su más entrañable identidad y a la cual desafortunadamente nunca termina de llegar.

La escritura se usa para vestir al yo con tipografías que le otorgan identidad, se recurre a escenarios complejos donde el sujeto sufre diversas mitosis narrativas, el yo habla del yo, el sujeto de enunciado es a su vez el sujeto de enunciación (y de “anunciación”, Braunstein dixit). No hay memoria cronológica (a menos que se trate de una memoria artificial), la secuencia ordenada de sucesos no es la forma de registro ordinario, el sujeto que hace memoria debe ordenar, deducir, contextualizar, el sujeto moldea su pasado, se construye a sí mismo, utiliza las redes del lenguaje para lograr asirse. El “primer recuerdo” se convierte en el Grial que presume ser la piedra basal de la identidad, todo ejercicio memorioso termina en el callejón del recuerdo fundante, la memoria se contrae al punto cero, la infancia es el big bang en cuyos primeros instantes todo destino se decide. Se trata, como bien afirma Braustein, de un mito fabuloso, un mito de origen sobre el que se hace descansar la columna de la subjetividad, pero es, en efecto, un mito pues se pretende encontrar significación justo ahí donde no hay ninguna, donde acaso comienza su montaje que es incapaz aún de procesar significados. Es por esta razón que toda infancia memoriada, con su piedra fundacional, es el efecto narrativo de un destino ya jugado. Pero es importante escuchar lo que los sujetos dicen que les sucedió in illo tempore pues detrás de la narrativa mítica se esconde un haz de luces que devela la estructura, no de lo que sucedió realmente sino de lo que se piensa que sucedió, lo que se quiere ver justo como origen, pues “uno no es quien es porque le pasó eso sino porque ha registrado y ha entendido lo que le pasó de una determinada manera, seleccionando, remendando…”.

La memoria es un monstruo que tiene su comienzo en todas partes, y por lo mismo en ninguna. No hay momentos absolutos y primigenios, todo es resultado de la reconstrucción, de la recherche du temps perdu, y es que, como afirma Valéry (otro contemporáneo de Freud y Proust): “la memoria es el porvenir del pasado”, pues procede del futuro, contrariamente a lo que se piensa. De esta manera nuestra sensación de secuencialidad lógica no es más que el resultado de artificios ordinativos que imponemos al amorfo pasado plagado de eventos azarosos y completamente contingentes. Si la vida fuera contada por el inconsciente no habría cronología, no cabría esperar “edificación”, no sería traducible, pues toda vida humana está tejida con asociaciones suceso-significado.

Debemos deducir que el traumatismo primario no es el del puntual nacimiento al frío mundo extrauterino sino al abstracto ámbito del lenguaje. Braunstein afirma que fue el anarquista Max Stirner quien por primera vez asoció el trauma primario con el lenguaje (aunque quizá haya que remontar la idea básica hasta Platón), pues lo que entendemos como humano es inseparable de la mediación lingüística, pero aún más, el lenguaje no debe ser visto como un mero vehículo de comunicación, es también, por la misma razón, un vehículo de humanización, naturaleza que algunos portan como pesada carga en la que se integra todo Otro (incluidas las resonancias teológicas que también debemos al lenguaje).

No existe el sujeto autónomo pues no hay lenguajes privados, la autogestión de la memoria es una falacia. El recuerdo no es individual, nunca lo es del todo, se trata de una obra colectiva: “es falso decir: Yo pienso…” escribía Rimbaud. Todo sujeto, toda memoria, es una construcción social, vivimos a la intemperie de la mirada ajena y estamos sujetos a la cosificación (cf. Sartre) y uno aprende a asumirse según las codificaciones que hacen los otros para conminar nuestra identidad. Este proceso es contundente en el rubro de las escrituras del yo, éstas nunca están solas, nacen en, y son, para alguien más. Las memorias que alguien escribe deben someterse al juicio inexorable de su Otro: el lector proclive a los juicios de valor. Y es que la vida anímica de toda persona está hecha de representaciones (Vorstellungen), y no hay representación sin participación lingüística en el plexo social, lo interno de la memoria es lo externo del juego codificante y recodificante (encoding, retrieval), es por esto que toda autobiografía es performativa, el escritor adquiere identidad en el ejercicio de la grafía misma. La vida (bios) interior es sólo el reflejo narrativo del paisaje intersubjetivamente codificado, por eso el autor muestra su escepticismo frente a las pretensiones tanto del solipsismo como del rigor objetivizante que muestran algunos escritores.

Las muestras más claras del caso mencionado las encuentra Braunstein en los filósofos que intentan purgar su escritura de toda contaminación personal, en los rigores académicos que desprecian los textos “personales” sin caer en cuenta que ellos mismos están atravesados por la daga de la ficción. Se nos recuerda lo sucedido con Pascal, el riguroso jansenista, frente a los ensayos de Montaigne, aquel mostraba un celo airado por “la verdad” que consideraba diluirse en el peligroso estilo ensayístico de su predecesor. Curiosamente, menciona el autor, lo verdaderamente peligroso del ensayo es, en todo caso, su posibilidad de jugar con las máscaras estilísticas de la retórica y la filosofía. Situación análoga es la que se presenta con los cronistas (biógrafos, historiadores, periodistas…) que anhelan contar los sucesos tal como fueron, como si éstos fueran absolutos y portadores de una inmaculada situación ontológica. Pero ¿no son más bien tales “sucesos” el producto de un destino que les es ajeno? ¿A qué se debe que sean justo tales “sucesos”, y no otros, los que deban ser iluminados por una memoria fidelísima?

Al parecer cuesta mucho trabajo aceptar la contingencia y el azar con que emergen, y desaparecen, los acontecimientos, aquellos que son pensados como los verdaderamente importantes y transparentes, aquellos que están amparados por la memoria reiterativa. Contrariamente Braunstein opta, de la misma forma que lo hace Lacan, por abandonar los grandes sucesos y en su lugar atiende des petits papiers, las aparentemente insignificativas estampas de lo inocuo. Pero, como sucede con el canto del gallo en las memorias de Cortázar, puede suceder que justo esos ínfimos reportes sean las claves de acceso a lo que la memoria resguarda bajo la forma de olvido. El libro nos previene contra la memoria que se adjudica la verdad histórica, nos insta a aceptar que toda memoria es el producto de una ficción narrativa y, en todo caso, de una verdad ficcionada, pues no somos sólo lo que recordamos con agrado sino también lo que olvidamos sin saber que lo hemos olvidado pero cuya presencia se puede rastrear en las memorias de lo banal y lo ínfimo.

¿No podría tratarse del desplazamiento de los recuerdos urticantes al nivel de lo indoloro? Y es que no podemos escapar a la lógica fabuladora de un yo que no quiere saber de sí otra cosa que no sea el placer, el yo es el encubridor de sí mismo, su autoengaño. La memoria danza, junto al olvido, alrededor del que parece ser el motivo fundante: el desamparo. ¿Y cuál desamparo más terrible que el experimentado por el infante ante la ausencia de la madre? Los episodios de desamparo no cesarán de reeditarse en la vida desde la expulsión del útero materno, estamos en el terreno del espanto, el olvido eterno, el fracaso total y contundente de la memoria: “somos una memoria consciente del inexorable destino de su trayecto: el olvido”, y los ejercicios narrativos no pasan de ser “heterotanatografías”, extensiones adultas del juego en que el niño sufría la repentina desaparición de su Otro, su espejo. La memoria es un amo alternativo al amo absoluto que es la muerte.


(Reseña de próxima aparición en Metapolítica)

Cómo ser un gran escritor

Tienes que cogerte a muchas mujeres
bellas mujeres,
y escribir unos pocos poemas de amor decentes
y no te preocupes por la edad
y los nuevos talentos.
Sólo toma más cerveza, más y más cerveza.
Anda al hipódromo por lo menos una vez
a la semana
y gana
si es posible.
Aprender a ganar es difícil,
cualquier pendejo puede ser un buen perdedor.
y no olvides tu Brahms,
tu Bach y tu
cerveza.
No te exijas.
duerme hasta el mediodía.
Evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa en término.
Acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares
(en 1977).
y si tienes capacidad de amar
ámate a ti mismo primero
pero siempre sé consciente de la posibilidad de
la total derrota
ya sea por buenas o malas razones.
un sabor temprano de la muerte no es necesariamente
una mala cosa.
quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos
y como las arañas, sé
paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
más
el exilio
la derrota
la traición
toda esa basura.
Quédate con la cerveza,
la cerveza es continua sangre.
una amante continua.
agarra una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa,
dale duro.
Haz de eso una pelea de peso pesado.
Haz como el toro en la primer embestida.
y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievski, Hamsun.
si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza...
entonces no estás listo
toma más cerveza.
hay tiempo.
y si no hay,
está bien
igual.

CHARLES BUKOWSKI

El efecto Smellville

Por Fabrizio Mejía Madrid

Me ocurre con demasiada frecuencia no recordar lo que digo. Y los demás le dan la importancia a mis palabras que sé que no tienen. Por ejemplo, parece ser que fui yo el que dijo en el funeral de un amigo muerto de un infarto tempranero: “Él que no bebía. Está visto que uno se puede quedar sin amigos armado tan sólo de una taza de café y un pastelito”. Y cuando Rocío hacía sus maletas para dejarme murmurando mientras yo me mostraba sorprendido: “¿Pues no eres tú el que dice que la gente no cambia, sólo se agudiza?” Nada de eso recuerdo haberlo dicho pero ahí están los otros para recordármelo. Es como si el mundo fuera una especie de eco tan retardado que me regresa una imagen que no está bien. Una imagen distorsionada en un ápice: podría ser yo, pero no creo. No quiero.
Por eso, cuando Canalizo me llamó no comprendí:
—La televisión con olor. Tengo el prototipo —y al oír mi silencio incómodo agregó: —De lo que hablaste el otro día. Que uno pueda oler lo que aparece en pantalla.
Apenas tuve una cierta memoria de una conversación de hace siglos y que yo creí que versaba sobre la verdad y la mentira. En algún momento, aparentemente, dije: “¿Quieres verdad en la televisión? Bien, pues poder oler las imágenes. Eso es verdad. Lo demás es la demagogia de siempre”. Canalizo no sólo lo recodaba sino que había puesto manos a la obra mientras a mí me dejaba Rocío, conocía a La Rimel, mi nueva mujer, y me quedaba en las mañanas viendo televisión por hacer algo. Hace meses que no leo una línea. Los bits golpean más fuerte que las líneas ágata. Ágata. Vaya nombre de la esclava griega de Anónimo. Los bits son lo de hoy: de lo que va de Allen Ginsberg con un tamborcito a los cadáveres abiertos en la mesa del forense/galán/detective. Ah, ése Gil Grissom. Cómo lo quiero por sagaz y lo odio por taimado.
Así que terminé por reaccionar al invento de Canalizo. La televisión que huele. ¿Cómo lo habría logrado? Canalizo es un viejo amigo que, mientras yo vagaba por las calles en busca de monedas para ir al cine, él estudiaba. Somos distintos. Por ejemplo, si se descompone un televisor, yo soy del tipo que lo agarra a zapatazos, que le grita, que se calma y le habla suave. Para mí los objetos están vivos y merecen el mismo trato que las personas: amenazarlas o seducirlas. Para Canalizo es un reto mecánico: lo abre, lo revisa, mueve cables, extrae tarjetas verdes con chips, lo pone de regreso en su lugar, y lo enciende. Somos distintos depredadores. Si se descompone un objeto, lo insulto, y compro uno nuevo. Por eso necesito siempre tener más dinero que el que calculo. Canalizo no y tiene su casa llena de reliquias; parece un bazar. Todo funciona en su casa pero parece extraído de una utilería de 1970. De hecho, no sé cómo nos hicimos amigos. Seguro él tiene la reconstrucción de nuestro primer encuentro en algún lugar de su memoria.
Cuando llega a mi casa trae un aparato de película del Santo: una pecera conectada a un tubo, bolsas que se inflan y desinflan, y un decodificador de televisión por cable tan viejo que dan ganas de dejarlo en el parque para que alguien más lo tire. Sonríe con su dentadura postiza que se extrae para hacer bromas a los niños que no son suyos, y explica:
—Según estudié hay seis aromas básicos: frutal, floral, resinoso, especiado, pestilente, y quemado. Éstas bolsas contienen perfumes que, de acuerdo a una codificación en este disco, se irán liberando y mezclando para crear una atmósfera. En cada escena del disco que puedes ver en tu DVD hay un bit que activa cada bolsa y así opera esta carcacha.
—Los bits, lo sabía —le digo perplejo.
No ha venido desinteresadamente, por supuesto. Quiere que seamos socios: él pone en prática la televisión que huele y yo, como siempre, el dinero. Me explica cómo echarlo a andar y me pide una opinión “desinteresada”.
—Pruébalo con tu nueva chica: ¿La Rimel? —dice y luego pide prestado el baño.
Se va y sé que se ha llevado una prenda íntima de mi mujer. Había una sucia en el baño y ahora no está. Canalizo es un cerdo.
* * *
Lo pusimos en práctica esa misma noche. La televisión debe estar en la recámara pues es lo que sostiene a cualquier pareja: no hablar. Así que nos acostamos y vimos aquel documental de la vida de los conejos. Poco a poco comenzó a oler a la pradera. Luego a conejos sucios. Fue cuando comenzaron a copular que estalló el caos: las abejas se agolpaban en la ventana tratando de entrar a esa pradera llena de perfume de flores. Lo hacían desesperadamente, intentando bordear la ventana y escurrirse por una rendija. Los gatos tallaban la puerta con sus uñas queriendo cenar conejo. E incluso algún perro solitario aulló a los lejos oteando el almizclado olor de la cópula. El único remedio fue cambiar el capítulo en el menú. Las abejas se convencieron de que no había nada para ellas en la mesa del forense y entomólogo Gil Grissom. Todo fue silencio. Pero ahora la peste a muerto era insultante. La Rimel empezó con arcadas. Una mosca gorda se metió por debajo de la puerta y le dio vueltas a la televisión salivando. Gabriel, el vecino de arriba, llamó por teléfono:
—Se te echó a perder algo afuera del congelador.
—No, Gabriel, estoy probando el prototipo de una televisión que huele y estoy viendo Crime Scene Investigators. Siesay, pues.
—Bájale a tus olores, mano —y colgó.
Tuvimos que apagar la televisión. La Rimel se quedó dormida en la sala porque el olor de la recámara tardó en irse, a pesar de que encendí un ventilador. En la oscuridad, viendo la cortina moverse pensé en todo lo que de monstruoso tenía el invento de Canalizo. Una televisión con olor despediría a los actores pestilentes y contrataría sólo a los que huelen bien, como hace mucho el cine despidió a los gangosos y contrató a los entonados. Los conductores de noticias no sólo tendrían que verse bien sino perfumarse y lavarse los dientes. No se valía leer noticias con la boca apestando a la cena de berenjena y dos brandys. Pero había sido mi idea. O al menos eso alegaba Canalizo. * * * Por supuesto Canalizo volvió a escucharme con más atención que yo mismo. Le dije mis temores sobre una televisión que invadiera tu casa con olores, las quejas de los vecinos, la atracción que los olores ejercen sobre los insectos y los gatos. Tomó notas muy atento en un cuaderno de cuadrícula chica. Asintió con la cabeza, mordió el lápiz y se le movió la dentadura postiza. Era un tipo repugnante pero uno se hace amigo de la gente por sinrazones, no por una evaluación estética. Él mismo, inventor de la tele que huele, no podría aparecer nunca en pantalla. Siempre olía a maíz frito. Sudaba garnacha el desgraciado.
Persuasivo como era, salí de su casa con un nuevo disco y más bolsas de perfumes. Arguyó que había cambiado los comandos y que ahora todo sería distinto. Y lo fue. Los cadáveres de Gil Grissom despedían aromas frutales moderados. Las abejas no alcanzaron a notarlos desde afuera. Y La Rimel me pedía que le retrasara al momento en que hacían la primera punción al cadáver de una mujer asesinada y violada —en ese orden— porque según ella olía a lavanda durante dos segundos. La sangre tenía un olorcillo alcanforado. Canalizo se estaba luciendo. Luego vimos una película donde Angelina Jolie y Wynona Ryder son unas locas en un manicomio. Entre el olor a desinfectante de pino La Rimel y yo no alcanzamos a diferenciar el olor del deseo cuando coquetean una con la otra. Sin saber por qué La Rimel y yo empezamos a desnudarnos mutuamente con furor, obviando botones, cierres, y calcetines. Cuando terminamos, la película había finalizado y la pantalla mostraba un reportaje sobre Al-Qaeda y los ataques terroristas. Del decodificador emergió el olor del miedo. Nos abrazamos. Yo gritaba dando órdenes. La Rimel se estremecía bajo las cobijas. Terminamos saliendo del apartamento y corriendo sin rumbo por la noche. Sudamos el pánico y regresamos agotados.
* * * Estas cosas tienen que tener nombres en inglés, si uno quiere venderlas. Hubiera querido llamarlo SBS, es decir Smell Broadcast System, pero Canalizo opinó que podría prestarse al juego de palabras como Smell Bull Shit y que, acaso, era una sugerencia nada más, no sé qué opines, podría llamarse Smellville, como un homenaje a Supermán. No me interesa Supermán y no entendí nada de lo que dijo Canalizo. Pero en vez de ir a verlo para firmar un contrato para hacernos ricos, me quedé en la recámara con La Rimel. Estábamos enganchados a la televisión. Poníamos una y otra vez la imagen de Wynona inclinándose a Angelina y besándola y nos entraban unas ganas incontrolables de tocarnos. Luego, nos gustaba alterarnos con Bin Laden festinando la caída de las Torres Gemelas. Eran unos escalofríos demenciales. Y terminábamos con el corazón partido de un cadáver de Gil Grissom despidiendo lavandas, resinas de eucaliptos, y jengibre. Dormíamos con la pausa y despertábamos para seguir oliendo. No contesté el teléfono en días. Hasta que una tarde agotados de feromonas, adrenalinas, y endorfinas, el olor se terminó. Insulté al decodificador. Exprimí las bolsas de perfumes. Necesitábamos más. Nuevas sensaciones.
Fue entonces que Canalizo volvió a escucharme sonriendo de lado mientras yo, con los ojos inyectados, con calor en las orejas, le rogaba me diera más olores para mi televisión. Ya no importaba lo que viéramos, le dije, sino el deseo, el miedo, la tranqulidad que pudiéramos inhalar. Canalizo se tomó la parte trasera del oído y se exprimió algo que después olió. No hizo gesto alguno. Sólo murmuró:
—Y tú que creías que eso era la verdad.
—¿Qué? —le respondí mientras le tomaba el cuello entre mis manos.
Y me dio lo que restaba de fermomonas, destiladas de una tanga de La Rimel, adrenalina, y sus seis tipos de olores. Pasé el resto de la semana enganchado a la televisión hasta que comenzó a perder su efecto. Los olores ya no nos sorprendían. La Rimel bostezaba y prefería dormir. Yo mismo ya no sentía el golpe del olor inicial, se había convertido en una atmósfera de la recámara que flotaba, inepta, por el aire. Viendo a La Rimel dormida le llamé a Canalizo.
—No puedo aumentar las dosis. Atraerían a los insectos, ¿recuerdas? Lo que puedes probar es infringirte dolor. Pídele a tu mujer que te martille un pie. El dolor aumenta la percepción del olor. Dolor, olor. Por algo tienen que rimar.
Y lo hicimos, por supuesto. Ella me cortó un muslo y yo le quemé la punta del meñique. El efecto era inmediato pero duraba poco. La intensidad se recobraba tan sólo para ceder al dolor necio de nuestras heridas. Con moretones, cortadas, quemadas, La Rimel y yo nos dimos por vencidos. Apagamos la televisión.
Esa noche mi mujer y yo nos vimos obligados a hablar. Y sucedió lo que siempre ocurre cuando alguien recuerda lo que he dicho antes, sin querer, sin esperar la consagración. La Rimel recordó: “¿Pero no fuiste tú el que dijo que amar era pensar que alguien es más importante que ver la televisión?” Cerró la maleta y me abandonó.

Había en el fondo del mar


Había en el fondo del mar una perla y una vieja trompeta.
Las sutiles capas del agua sonreían con delicadeza al pasar
junto a ellas, las llamaban las dos amigas.
Había un niñito ahogado junto a un árbol de coral.
Los brazos descoloridos y las ramas luminosas se enlazaban
estrechamente; los llamaban los dos amantes.
Había un fragmento de rueda venida desde muy lejos
y un pájaro disecado, que asombraba como elegante
extranjero a los atónitos peces; les llamaban los nómadas.
Había una cola de sirena con reflejos venenosos y un
muslo de adolescente, distantes la una del otro; les llamaban los enemigos.
Había una estrella, una liga de hombre, un libro deteriorado y un violín
diminuto; había otras sorprendentes maravillas, y cuando el agua pasaba
rozándolas suavemente, parecía como si quisiera invitarlas a que la
siguieran en cortejo centelleante.
Pero ninguna era comparable a una mano de yeso cortada.
Era tan bella que decidí robarla. Desde entonces llena mis
noches y mis días; me acaricia y me ama.
La llamo la verdad de amor.

Luis Cernuda

Las nupcias de Ana

Que venga el Amado y me bese

Que sus labios incendien los míos

Que en su dulce abrazo mi alma se consuma

Y en olvido eterno cueza esta ceniza.

Amor, has de revelarme los misterios,

No en templos ni monasterios,

En carne viva, en viva llama han de ser.

Ven a mí excitado en canto,

te seguiré vehemente, celebra tu unión con mi piel,

voluptuosa a ti me entrego,

has estallar en mi hálito tu secreto,

que nada quede en ti si en mí hay cabida para ello,

intégrame en ti, en tu aliento,

quebranta mis pudores, llévalos lejos.

Soy por tu cándida mano consumida en fuego.

Acrecentado te eyectas sobre mí, inevitable.

¡Oh Amado! Que en noche amable has tornado mi lecho

Y en luna tejedora la madre de mis sueños.

Convulso mi vientre te recibe inmaculado

y cada espacio en mí te reconoce como néctar,

soy tu cáliz y tu tierra, abrazo tu semilla

que dolores sé que engendrará,

más gozosa a ti me rindo y mi finitud alegre queda,

pues tu infinita Esencia obtiene de la muerte vida,

de lo inverso el mejor vino, de la sombra la luz verdadera

todo lo llenas en mí y afuera,

eres cálida humedad que se escurre

por dentro y toda vida engendra.


Segunda carta de Paolo a Beatriz

Fragmento de las nupcias de Ana

La imagen del momento en que descubrí la hermosura de tu rostro persiste en mi memoria como si fuera un sello eterno, yo secuestrado por Saturno a la orilla del Arno, intentando purgar la negra bilis que me ataba a la contemplación de ese cristalino río, tenía las sienes tensas y el corazón inflamado por una canción de amor que recién leía, la mirada se me extravió en aquella luz divina que hería con fuerza la oscura caverna de mi mente, dolor, un terrible dolor que inundaba el pequeño tazón en el que bebía mi existencia. ¡Ay Beatriz! ¿Cómo explicarte lo que me parece tan oscuro, tan extraño? Yo mismo no he logrado asir aquello que me perturba desde la juventud temprana, sólo sé que es un fantasma que encuentra su placer en golpearme, y cuya silueta es tan difusa como el humo y no puedo luchar contra él, es un demonio que ata las piernas de mi felicidad con las sogas de la melancolía y me cuelga cabeza abajo sobre un mundo al que no logro llegar, y así, en ese rapto de extraña amargura fui flechado con la más dulce visión, mis párpados abandonaron su contracción y abrí los ojos a tu beldad. Nunca ojos humanos habían sido tan bendecidos, nunca un corazón arrebatado tan fuertemente de sus ensimismamientos, eras tú, era tu rostro un nuevo sol cristalino, ¡un rostro y no humo! inmediatamente me preguntaste si podías ayudarme, si me encontraba bien, si me dolía algo, te respondí con un "no" certero. Fue el primer milagro que obrabas en mí, fue el signo de un nuevo evangelio, la negación del dolor, el nacimiento de Venus. ¡Beatriz, has desanudado las cuerdas de mi infelicidad, me has dado a luz! Me has regalado el mundo y soy ahora tan frágil como un crío llorando por un poco de calor. Dulce Beatriz, me has dado la vida, has puesto armonías en aquellos áridos resguardos de mi espíritu. Beatriz, eres la piedra deseada por los alquimistas que transforma la más innoble materia en un fuego solar, todo lo has puesto bajo tu luz, las brisas cálidas no estaban en el Arno, estaban en tus playas, los tiempos de mi soledad han encontrado su feliz deshacimiento. Yo también he encontrado en la vulnerabilidad mi dicha, y quisiera que mis palabras no fueran tan ciertas, pero lo son, estoy aterrado por la felicidad que me brindas. Te imploro, Beatriz, nunca permitas que los cielos se caigan, apaga las voces de mi soledad, arráncame de las tinieblas, sé la mano divina en la que puedo apostarme sin temer a los fantasmas.
Te necesita
Paolo

Texto completo: Drama en Cuatro Estancias

Agencia General del Suicidio (fragmento)


" No hay motivos para vivir, pero tampoco hay motivos para morir, la única manera con que se nos permite demostrar nuestro desdén por la vida, es aceptarla, la vida no merece que nos tomemos el trabajo de abandonarla, el suicidio es muy cómodo, no paro de pensarlo, es demasiado cómodo, yo no me he suicidado, subsiste un pesar, no quisiera partir antes de haberme comprometido, quisiera, al partir, llevarme Notre-Dame, el amor o la República. "


Jacques Rigaut

Veo el abismo


Los abismos atraen. Yo vivo a la orilla de tu alma. Inclinado hacia ti, sondeo tus pensamientos, indago el germen de tus actos. Vagos deseos se remueven en el fondo, confusos y ondulantes en su lecho de reptiles. ¿De que se nutre mi contemplación voraz? Veo el abismo y tú yaces en lo profundo de ti misma. Ninguna revelación. Nada que se parezca al brusco despertar de la conciencia. Nada sino el ojo que me devuelve implacable mi descubierta mirada. Narciso repulsivo, me contemplo el alma en el fondo de un pozo. A veces el vértigo desvía los ojos de ti. Pero siempre vuelvo a escrutar en la sima. Otros, felices, miran un momento tu alma y se van. Yo sigo a la orilla, ensimismado. Muchos seres se despeñan a lo lejos. Sus restos yacen borrosos, disueltos en la satisfacción. Atraído por el abismo, vivo la melancólica certeza de que no voy a caer nunca.

Juan José Arreola
Bestiario (fragmento)