Tranvía
Los circuitos,
Las llaves.
Acaso los filtros donde cesan los hombres
A la velocidad del vértigo y la codicia.
Nuestra virtud tiene el nombre del instante
De la lluvia,
De la parábola.
Nuestros flagelos ríen virtudes
De un beso del que nadie se percata
Bajo el rumbo naranja del tranvía…
Yelenia Cuervo
Los factores subjetivos en la racionalidad cartesiana
Ya no me acordaba de este pequeño artículo sobre Descartes (publicado originalmente en la revista Ciencia Ergo Sum de la Universidad del Estado de México, Vol.3, No.2, Julio de 1996)Link
(Imagen del De Humani corporis fabrica de René Descartes)
Dios y el caos de la belleza
Caminaba en medio de una procesión, me conducía el viejo maestro, anciano, barbado, cabello cano, traje oscuro y una imposición de respeto y temor, me llevaba al callejón 19600, ahí me llamaba la atención una mujer que vendía escapularios... Me encontraba a la altura de un templo (construido hacia 1915 o 1965), debía llegar a la iglesia gótica que se encontraba justo al otro extremo del callejón, majestuosa, imponente, magnífica, la más alta que jamás se haya edificado. Esta iglesia era el templo de los desposeídos, éstos se arremolinaban en el amplio atrio para entrar, el privilegiado que podía acceder hasta el campanario podía hacer sonar la campana, según el uso corriente de la tradición vigente, pero este privilegio estaba unido a un riesgo, el caer desde la máxima altura. Yo conseguía este honor. En las alturas me encontraba con un tipo que hacía las veces de atalaya, me invitaba, a mí y al maestro, a comer algo, parecía no importar que fueran las cuatro de la mañana. Se nos unían tres tipos, de los muchos drogadictos, ebrios y mendigos que abundaban en esa iglesia. El atalaya nos explicaba el rito principal, un rito popular excepcional: alguien cubría con una manta negra a otro, al parecer a Dios… Entre tanto lograba distinguir a mi madre, me emocionaba y quería contarle que había sido yo quien había tocado la campana esa ocasión y a su vez mostrarle la iglesia entera… Al lado de la iglesia había una gran explanada bordeada por dos cascadas que confluían en un lago desde el cual nacían dos enormes pirámides, una en cada extremo. La vista era excepcional, acentuada por un atardecer hermoso… Yo llevaba una hierba especial en el morral, me revisaba un retén en la entrada-salida del callejón, me echaba a correr, la policía comenzaba a perseguirme pero pude escapar.
De nuevo EL CALLEJÓN 19600 ¡OTRA VEZ!, el maestro entraba por el mismo lugar, la señora de los escapularios me repetía el nombre del lugar, sé que encontraré la iglesia de 1915. Hay mucha gente, me parece un gran carnaval, estoy en medio de tal muchedumbre. Desde lo alto el atalaya me mira, se ríe de nuevo, sabe que he regresado. Siguen escondiendo a Dios, lo sé, lo sé, Él corre al lado de nosotros… Ahora reconozco a una chica de unos 35 años, un tipo de unos 20 y otro que no logro reconocer, al lado estoy yo con una edad de 50 años, se trata de mi espíritu que está atento a sus hijos (los tres tipos antes referidos). Yo estoy llorando, pero estoy muerta...me veo...veo mi envejecido fantasma que mira a los tres personajes. Estos se meten en una calle donde hay una pequeña casa y un jardín con dos tumbas, una es de mi esposo.
Ellos van a cortar flores de su tumba, eran crisantemos... ....los cortan para llevarlas a mi tumba...no se dónde estoy enterrada.
Mientras continúo caminando en medio de la muchedumbre alguien sube a la punta y suenan las campanas. El maestro estudiaba todo con serenidad, entendía lo que sucedía, no se asombraba… La gente se arremolinaba en la entrada de la iglesia, bajaban al cristo de la cruz, lo cargaban, lo pasaban por encima de mano en mano… Todo era un caos, un sacerdote pasaba esparciendo agua bendita mientras afuera parece suceder algo verdaderamente terrible, pero yo no sé nada… Todo se repite, el callejón, la salida, el retén, el escape… esta vez no sé si lograré escapar, pienso que debería haberme desecho de la hierba, tengo miedo, me echo a correr, mucha gente estorbándome, estoy en el metro, caigo a las vías pero no me sucede nada, logro subir a un vagón, los policías me miran desde afuera de manera amenazante. De nuevo, me río, sé lo que va a suceder, no pregunto más por la calle, pero miro a la señora de los escapularios, ella me mira también, sonríe, sabe que he regresado, pero ahora me angustia su sonrisa. Todo se repite de nuevo, 19600, el callejón, sé que al final está 1915, en el atrio el viejo maestro observando todo, mi madre parece también mirar todo pero al parecer está ciega (!). Alguien está subiendo, va a tocar la campana. El caos que rodea la escena parece aún mayor. La gente más pobre de la ciudad sigue pasando de mano en mano al cristo, pero éste ha dejado de ser tal y luce más bien como un borracho, lastimado y lleno de estiércol. Pienso gritarles que no es cristo. La gente no me mira, no puedo hacer nada. El sacerdote sigue esparciendo agua bendita sobre la muchedumbre. El atalaya esta vez llora, quiere hablarme, explicarme qué significa todo eso, pero no puedo escucharlo. El tipo de la capa pasa de nuevo, grita y llora, ya no esconde a nadie bajo su capa. No pude ver a dios. Mucha gente con mascaras grotescas de animales y arlequines. Me asusto, pienso que harán algo con el cristo. Suenan las campanas de nuevo, alguien sube. Corro a donde está el anciano maestro... mi madre se ha ido, siento que jamás volveré a verla. El maestro me dice que ha sido la última vez, que nadie más podrá subir a la punta, se hinca y llora también. Le pregunto qué sucede, no me responde. La gente me empuja, me tira al suelo, pasan por encima del maestro y de mí. Quiero subir, quiero saber porqué ya no podrá ser. El maestro señala hacia arriba, pero la gente me impide ver qué es lo que él mira, sólo veo el rostro del cristo, está en lo alto del campanario, pero no sé qué sucede..... De nuevo la salida, debo correr, el retén... Pienso que esta vez puedo cambiarlo todo, tiro la hierba muy cerca, empiezo a correr de nuevo pero me detiene el llanto del maestro, regreso, me quedo a su lado, miramos al campanario, sigo sin entender lo que sucede, sólo miro al campanario y empiezo a llorar también.
(El sueño se repitió tres veces la misma noche)
Espacios a los costados
Nací en un tiempo en el que la mayoría de los jóvenes habían dejado de creer en Dios, por la misma razón en que sus mayores habían creído en él –sin saber por qué. Siendo así, y dado que el espíritu humano tiende naturalmente a criticar porque siente y no porque piensa, a mayoría de esos jóvenes eligió
Ferando Pessoa, Libro del desasosiego, tr. Santiago Kovadloff, Buenos Aires, Émece, 2000, p. 47
Camino al dolor
Alc
Octubre es febrero
¡Con qué elegancia febrero abraza vidas y muertes, Carnavales, lutos, mi vida y mi desgracia!
Las penitencias salen a las calles, y el salón del alma se vacía,
Resuena en las oquedades sólo un llanto,
Mi conciencia torturada, pálida, contempla la sangre en sus manos,
Se iguala con el mundo, está sorda y fría.
Existe una espiral que asciende y se olvida, exhala culpas,
Se entrega a un dios asesino que se burla,
La vida bulle en febrero y le salen gusanos de niebla,
Gélido semen que se riega impersonal,
Cae adentro y no molesta más la fragancia de mi esencia:
Soy el hombre inverso.
Aún preguntan por mi madre, sabia hermosa,
Que golpeó la tierra justo en la mitad de febrero,
Respondo que no sé donde está. ¡No sé!
¡En verdad no lo sé!
Se escapa como éter, asma, llanto, semen,
En los elegantes días nublados de febrero.
El cosquilleo del equinoccio es descubierto,
¡Bah! Me aburro de este círculo.
Las venas se secarían si no fuera por el terco pneuma
Que hincha aún las arterias y encona al oído arrodillado,
¡Triste! Mil veces triste, castigado.
…
Me vacío y me lleno en febrero,
Mis huéspedes también se aburren entre tantos círculos
Y elipses. Imposible la culpa. Candor por los que entran,
Ojos enterrados en la vergüenza por los que salen.
¡Aquí tampoco está Dios!
