Parsimonia
Tu corazón es más que un abismo,
una coraza calidoscópica sesgada por el viento
por la tierra,
por los hombres.
Tu morada es ancestral. Pero la estirpe acuífera ha dejado de existir.
Para permanecer, ya nada es suficiente.
Entre tus manos se deslizan las lágrimas que jamás procrearán
Y milenarias ráfagas presenciarán tu naufragio.
Será sólo un instante,
como el aleteo de un ave en busca del exilio.
Encratismo
Eros y anomia en Georges Bataille
Desde las postrimerías del paleolítico es irrefutable la presencia de lo que podemos llamar una “simboepidermis” en el ser humano, una naturaleza exomorfa que se monta sobre las condicionantes inmediatas del cuerpo. Esta simboepidermis opera como máscara estructural que funciona como escudo protector contra la intemperie de un entorno carente, en sí, de orientación simbólica. En tal conformación temprana de lo humano los referentes primarios del “sentido” comienzan a ser problematizados, es decir, comienzan a ser afrontados como proyectos de trabajo espiritual, de apuntalamiento del mundo a través de significados que se presumen permanentes y “naturales”. A propósito de clarificar este asunto traigamos a las mientes Le suicide de Émil Durkheim, en tal ensayo sociológico se tipifican tres casuísticas básicas de la interrupción voluntaria de la vida, la primera y más extendida tiene su asiento en el carácter “egoísta” que considera insufrible todo tipo de pérdida (salud, status, posición económica…); la segunda se ubica en el carácter “sacrificial” de la persona que considera que su muerte propicia la remisión de una tragedia (considerada mayor a la de su propia muerte); y la tercera, la más atractiva desde la óptica del sociólogo francés, relativa a las situaciones de pérdida de cohesión subjetiva con el plexo social, en las que las fuerzas de las principales instancias de significación se someten a las fracturas de una actitud escéptica que actualiza un estado de anomia presocial, de desconfianza frente al horizonte de significados que hacen posible el funcionamiento de la realidad. De esta última esfera se desprenden interesantes hipótesis de trabajo sociológico, por ejemplo la posibilidad de considerar a la sociedad como la realidad humana, “la realidad” fuera de la cual no hay posibilidad de producción y reproducción de significados. Vivir en sociedad implica ajustarse al andamiaje orientador que sustenta la gran muralla que separa-protege al clan de una “exterioridad” anómala, amorfa y disolvente. Quien se atreve a desanudar las cuerdas mentales que lo mantienen ubicado en el domo de los significados se somete al cause de un río turbulento que termina en la insania, atravesando previamente por las estaciones del colapso racional, el descomprometimiento ético y la desorientación afectiva.
En las lianas de un marxismo heterodoxo
El trabajo nomizador emparejó toda actividad bajo el yugo de la conciencia de la utilidad, y esto se impuso por igual en el ámbito de la sexualidad. La fruición instintiva del animal permanecía en el cuerpo humano, pero éste se había separado significativamente de ese entorno bestial, se había hecho discontinuo y trascendente en relación a él. El conflicto se hizo patente cuando la exterioridad de la norma imponía a los cuerpos la acotación reproductiva, el fin de la multiplicación utilitaria del clan; la sexualidad se sometió al dominio de esa exterioridad, y con el paso del tiempo se acostumbró a la metamorfosis sustitutiva del “sentir rico” por el “sentir útil”. Un orgasmo no beneficia al clan, un hijo sí (virtual cazador, recolector, guerrero…). Esta ha sido la lógica histórica de la expulsión de la voluptuosidad del horizonte del nomos, voluptuosidad que permanece en los registros del cuerpo y que sobrevive en cada individuo no obstante la afrenta moral que conlleva. El único uso conveniente de la sexualidad es el que se somete al fin reproductivo, de ahí que toda acción sexual que esté desprovista de la inteligencia comunitaria está condenada por el derroche extático que conlleva, pues no incrementa la ganancia, no fortalece al clan, no acaece a la luz del nomos-realidad.
El erotismo es la sombra de la sexualidad, su retorno simbólico a la inmediatez inconsciente, es una pérdida (de utilidad) y un exceso (de gasto). Así entendido se puede comulgar con Bataille cuando afirma que “el deseo ardiente se opone a la vida”, afirmación desconcertante prima facie, y es porque el deseo erótico, atrincherado en las sombras periféricas del nomos, es una amenaza a la norma que resguarda celosamente “la vida” (y sus consortes: la verdad, la razón, el bien, la belleza, la serenidad). Georges Bataille no repara en matices cuando ubica al erotismo en el horizonte de “lo diabólico”, y si bien tal noción es deudora de la tradición cristiana, como bien acota Bataille, sirve para marcar lo erótico como dimensión contradictoria con “la vida”. El individuo que se entretiene más de la cuenta en la inutilidad del placer se expone a la seducción de las fuerzas disolventes de la existencia humana, corre el riesgo de dar la espalda a un mundo que lo ha constituido como fuerza laboral productiva y, por ende, de perder las convicciones sobre las que descansa el mundo racional, mismo que pierde, conforme avanza la fruición en la inutilidad, su poder de aglutinación en el anonimato colectivo en donde sólo hay lugar para una imagen monolítica de la realidad.
La voluptuosidad del delirio
Y es que en las lágrimas, como en las risas francas, Bataille encuentra una fuga significativa de la energía requerida por el nomos de la utilidad, se trata de excedencias que recuerdan nuestra pertenencia a una naturaleza donde se dan los más enfebrecidos derroches de vitalidad y exhuberancia, fuerzas invertidas en el dispendio mayoritariamente improductivo. Las afecciones emocionales puestas en juego por la experiencia erótica son, de esta manera, registros de la inmanencia que grita en los cuerpos el imperativo de vivir los instantes como eternidades ilimitadas, como orgías desbordantes, y este es justo su peligro para el nomos, actualizar un vitalismo desbocado capaz de dinamitar los diques de los interdictos que presionan al individuo.
Disolución y disolutos
La soberanía de un nuevo místico
“Cual un pez perseguido que bajo el efecto del miedo siente que ‘se vuelve agua’, así en la persecución mutua que es la voluptuosidad –miedo a la alegría, alegría del miedo– los cuerpos se licuan en las aguas del alma, y somos todo alma y muy poco cuerpo […], la voluptuosidad es pagana al comienzo y sagrada al final. El espasmo proviene del otro mundo” (Bataille, 2004, p. 97)
Tal es la conciencia erótica, vida del espíritu que ha conseguido su soberanía no importando la dislocación del mundo, es la conciencia del excedente que se nos presenta como destino exhausto, aniquilación del cuerpo profano y ascenso de la materia embriagada de éxtasis, conciencia dialéctica del encanto festivo y del horror fúnebre, cólera ardiente de la cruel belleza de “lo irreal”. En esto consiste, si valen tales líneas como “descripción poética”, lo que Bataille entiende por soberanía, sacra indiferencia que renuncia al dominio del mundo, afirmación absoluta del escurridizo presente.
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REFERENCIAS
Bataille, G., (1990), L’expérience intérieure, Paris, Gallimard.
Bataille, G., (1991), Teoría de la religión, Taurus, Madrid.
Bataille, G. (1997), El erotismo, México, Tusquets.
Bataille, G. (2004), La felicidad, el erotismo y la literatura. Ensayos 1944 – 1961, Adriana Hidalgo Editores, Buenos Aires
Bataille, G. (2006), Les larmes d’Éros, Paris, Éditions 10/18.
Habitación eterna
¿Por qué me rendí? Yo era feliz con el pan de mis tristezas, con mi manto negro, con mi sardónica existencia. Era un demonio entretenido con las palabras que engendraban mundos. Tuve un accidente y nadie estuvo ahí para ayudar. Todos se han alejado de mí, por fin han reconocido mis prójimos que soy una plaga, lepra, peligro, desarmonía, lágrimas, desamparo, vacío, insatisfacción, fealdad, escalofrío, fiebre, insania furibunda. Por una extraña razón me alegro de que todos me hayan abandonado, ya nada me ata a la realidad. Viviré en la locura, en la existencia patológica, pondré diques a mi averno para que nadie ose interrumpir su tiniebla, pintaré de ligereza sus paredes, para que me parezca soportable la habitación eterna, cubriré con flores muertas los pasillos para recordarme que todo muere, que ninguna belleza es eterna.
Robert Walser y la atopía

La inquebrantable ingenuidad
FRANCISCO SOLANO 19/11/2005
ser: "Su experiencia con la 'lucha por la existencia' le lleva a la única esfera en que esa lucha no existe, al manicomio, el monasterio de la época moderna". Ingresa, probablemente con alivio, en el manicomio de Waldau, de donde será transferido, en 1933, al sanatorio de Herisau. Allí permanecerá, silencioso y olvidado, hasta su muerte. A semejanza de su admirado Hölderlin, Walser enmudece en vida. Sus libros habían despertado el entusiasmo de algunos escritores: Kafka (que lo leía en voz alta a sus amigos), Christian Morgensten, Robert Musil, Walter Benjamin, pero no habían encontrado su público. El editor Karl Seelig, que lo visitó reiteradamente en su encierro y gestionó la reedición de sus obras, ha contado en su imprescindible Paseos con Robert Walser (Siruela, 2000) que consideraba que "el único suelo en el que el poeta puede producir es el de la libertad". Seelig había ayudado a otros escritores y le propuso esa libertad, pero a la pregunta "¿volvería realmente a escribir?", Walser contestó: "Con esa pregunta sólo se puede hacer una cosa: no responderla"
...
en sus textos, las palabras son un fluido casi natural de su imaginación. Su estilo es siempre de aire libre, de vagabundeos y ensoñaciones. Cuando se demora en las descripciones las activa por dentro, dotándolas de vida propia, de movimiento. A veces se detiene y las descripciones adquieren la condición de personajes. A todo superpone un tono de indecisión, de duda aparente: "Pluma, si no me asistes, no sé cómo avanzar". En el fondo está advirtiendo que probablemente miente, que acaso el texto no sea más que una tentativa de fuga, un modo incluso reprobable de embozarse en las palabras. Walser devuelve a la escritura su propia suficiencia mientras él se consume escribiendo. De ahí que, en su mundo de renuncias, de propensión a la desaparición, incluso sea deseable prescindir de los artistas: "Es bueno que los hombres no tengan necesidad de artistas para ser gente artísticamente despierta y talentosa". Sus personajes están dotados de una rica disposición ante la belleza, quieren disfrutar de sí mismos, pero les horroriza tener éxito en la vida. Deambulan y dedican sus esfuerzos a buscar una habitación, un lugar donde convalecer. Nadie disfruta tanto de la vida, ha escrito Benjamin, como el convaleciente.
...
pero su extrañeza no es sombría. Lo asombroso, lo que resulta extraordinario en Walser es que vivía sus fantasías poéticas, como el resto de la humanidad vive sus ambiciones, o dicho de un modo más taxativo: nunca perdió la ingenuidad. Una ingenuidad que no tiene nada de ignorancia o de inconsciencia. Oskar Loerke, uno de los pocos críticos que saludó fervorosamente sus libros, logró una definición exacta del carácter de Walser: "Su ingenuidad es tan espontánea que después de ser destruida por la conciencia, se presenta tan segura e incólume como si fuera natural". Su existencia fue un compendio de incomprensión, penuria y dolor, pero en sus páginas no se halla ninguna queja. "La peculiaridad de Robert Walser como escritor", otra vez Canetti, "consiste en que nunca habla de motivaciones. Es el más oculto de todos los escritores. Siempre está bien, siempre está encantado con todo". Su obra rebosa de frases tan deslumbrantes como impredecibles. He aquí una que concentra, en su brevedad, su manera de sentir: "En el asunto del amor, todo fracaso es casi una dicha". Aunque escasos y dispersos, no hay ningún lector de Walser que, bajo los efectos de su estilo, que actúa como una música, no se sienta reconfortado y tal vez mejor persona. Leer a Walser nos libera de embrollos éticos y nos limpia de mezquindad. Vila-Matas, en su Doctor Pasavento, lo convierte en héroe moral por su "afán de librarse de la conciencia, de Dios, del pensamiento, de él mismo". Walser se mimetiza para no ser descubierto, no compite por ningún puesto social, se desentiende de la maquinaria que engarza al individuo con el poder. En La rosa, el último libro que publicó en vida, asoma esta insinuación: "Alabar parece francamente trivial". Así pues, escribir con entusiasmo sobre Robert Walser podría resultar incluso ofensivo.
La última cena
David Nebreda, escatólogo del cuerpo
David Nebreda
No hay nadie que haya jamás escrito, o pintado, esculpido, modelado, construido, inventado a no ser para salir del infierno
. Estas palabras de Antonin Artaud, excepcional artista enfermo de esquizofrenia, sirven ahora para presentar las imágenes más impactantes del nuevo mártir del panorama artístico internacional. Heridas, amputaciones, flagelaciones y llagas en su piel (todas ellas reales y no simples performances fingidas) dan cuenta de la relación especial que la locura puede mantener con la creación fotográfica en el caso de David Nebreda (Madrid, 1952), que confiesa que su vida es muchísimo peor a lo que muestran sus ya de por sí desgarradoras imágenes. Enfermo de esquizofrenia paranoide desde que tenia 19 años, no toma medicación y su única terapia la constituyen sus propias fotografías. Una de sus imágenes (probablemente escrita con fluidos corporales) contiene el siguiente texto a veces entrecortado con palabras en sucesión sin formar frases completas: he conocido al enemigo de dentro y de fuera. Tengo miedo de seguir utilizando mi sangre, las quemaduras, los azotes, el agotamiento, los clavos. Sólo conservar de mi patrimonio el silencio
(…), movimiento, excremento, ritos…
David Nebreda
Encerrado en su casa durante veinte años, sin mantener relación con ninguna otra persona y sufriendo ayunos severos que le han mantenido en un estado de máxima delgadez, ha torturado su cuerpo al mismo ritmo que la esquizofrenia ha martirizado su mente. Ha vivido aislado del mundo en un piso de Madrid que nadie sabe donde está. Sin conceder entrevistas, ni ver la televisión ni leer ningún periódico. Sólo algún privilegiado ha conseguido al parecer arrancarle algunas palabras al propósito de sus obras. Vive bajo la tiranía de la tortura y del dolor que él mismo se ha impuesto para enfrentarse a los fantasmas de su mente. La cámara fotográfica ha sido fiel testigo de las autotorturas que ha llevado a cabo sobre su propio cuerpo de forma tan salvaje como ritual.
David Nebreda
Cara cubierta de mierda
Al parecer, David Nebreda, licenciado en Bellas Artes, tras este encierro voluntario en su casa durante tantos años, entregó su trabajo a una persona conocida. Finalmente, sus imágenes fueron a parar a manos del galerista Renos Xippas quien le dedicó una exposición en su local de París; donde el sociólogo Léo Scheer vio su obra y decidió hacerse editor para divulgarla. A partir de aquí, su obra ha sido motivo de numerosos debates en Francia. El propio filósofo Jean Baudrillard ha escrito un artículo sobre él. Pero, lo cierto es que su trabajo no se está divulgando al exterior como realmente merece a lo que probablemente contribuirá en cierta medida la salud delicada del artista.
Léo Scheer, por su parte, ha publicado dos libros dedicados a Nebreda, en los que recoge, además de sus fotografías, dibujos y escritos del artista, sendos artículos de especialistas de reconocida solvencia. Las fotografías de Nebreda se dividen en cuatro etapas diferentes. En primer lugar, están sus autorretratos en blanco y negro realizados entre 1983 y 1989; en un segundo bloque se incluyen los realizados entre 1989 y 1990; en tercer lugar los que llevó a cabo en 1997 y, por último, los que desarrolló en 1999. A excepción de los primeros, todos los demás son en color. La práctica totalidad de las fotografías las ha realizado en las dos únicas habitaciones que tiene en su piso. Ha trabajado con una cámara de 35 mm, dos objetivos de 55 mm macro y un angular de 28 mm. Ha utilizado un cable de seis metros para accionar el disparador automático. No ha habido manipulación en el positivado y sí ha realizado, sin embargo, dobles exposiciones con la cámara que le han permitido aparecer por duplicado en algunas imágenes. Para la realización de sus fotografías ha utilizado sus propios excrementos, orina y sangre.
David Nebreda
Las fotografías de David Nebreda son un caso excepcional como puede verse, ya que su trabajo tiene la virtud de plantear cuestiones vitales para el arte contemporáneo que giran fundamentalmente en torno al cuerpo y al papel del artista en la sociedad en su cruce con el problema de la locura y sus relaciones con la imaginación y la creación artística. Pero, además de la imaginación, el trabajo del madrileño entra de forma brutal en el tema de lo siniestro; concretamente en dos de sus ámbitos estéticos: lo asqueroso y el dolor desde sus expresiones más masoquistas. Territorios explorados como nadie por un fotógrafo como Joel Peter Witkin pero desde una perspectiva diferente. Witkin siempre utiliza a otras personas y nunca a sí mismo y, además, emplea cadáveres para conseguir explicitar el asco desde una perspectiva de estetización de lo siniestro, mientras que David Nebreda documenta tanto el asco como el masoquismo sobre un ser vivo que es él mismo y jugando simultáneamente con la estetización y la explicitación de lo siniestro en un trabajo fronterizo pero “paradójicamente” gestado desde la radicalidad de unas experiencias contundentes del fotógrafo.
Pero también ambos artistas han abordado el tema del doble, de la pesadilla, de la tragedia, de la maldad, lógicamente también la locura y por tanto son conocedores de la ritualidad necesaria en la puesta en escena de lo siniestro, que en el caso de Nebreda se explicita en numerosas ocasiones en una exclusión de lo sexual en favor de destacar sus tormentos y pesares en autoagresiones. Por eso es un ser vivo provisional en todo caso, ya que sus imágenes se plantean como auténticos suicidios no consumados ante la cámara, pero un artista que rezuma autenticidad por los cuatro costados; de tal forma que frente a la precariedad del hombre David Nebreda crea una figura gigante del artista surgido de un medio como el fotográfico. Él mismo ha ido conociendo a la fotografía de forma autodidacta al mismo tiempo que ha saboreado los estragos de una enfermedad radical.
Del excremento a la imaginación creadora
David Nebreda
De Immanuel Kant a William Ian Miller, el tema del asco ha sido un problema crucial para comprender los límites de la experiencia estética frente a una obra de arte. Kant en su Crítica del juicio deja clara su posición al respecto cuando señala que: sólo una clase de fealdad no puede ser representada conforme a la naturaleza sin echar por tierra toda satisfacción estética, por lo tanto, toda belleza artística, y es, a saber, la que despierta asco
. Para Miller, sin embargo, todo lo hermoso es asqueroso en alguna medida y lo asqueroso, por su parte, también puede ser hermoso. El asco, por tanto, no sólo genera aversiones, aunque siempre debe provocar repulsión o no sería asco; pero también debe acercar al espectador a emociones como la curiosidad, la fascinación o el deseo por mezclarse con ello
.
Los autorretratos de Nebreda invitan a la curiosidad y también a cierta aversión, quizás porque el camino que nos propone es el mismo que él ha ido siguiendo a lo largo de su enfermedad. Una esquizofrenia que le obliga a luchar consigo mismo, como lo prueban de forma contundente sus imágenes. No necesita salir a la calle para exorcizar el mal, puesto que su propia alma es el generador del infierno personal en el que vive. Con una puesta en escena muy cuidada y muy personal consigue introducirnos en las atmósferas fantasmales en las que se mueve su vida: el mundo de la alucinación, del delirio, de la psicosis, del desdoblamiento, de la pérdida de conciencia del yo y de la arbitrariedad de sus rituales. Es un fotógrafo muy metódico y sus fotografías están bien hechas, bien iluminadas y bien contadas en su intento personal por trasladar sus tormentos a un plano estético. Encerrado entre cuatro paredes ha intentado descifrar su enfermedad en clave artística y, en alguna medida, la fotografía le ha servido también y, sobre todo, para agarrarse a la vida.
De su primera colección de autorretratos en blanco y negro hasta sus dibujos pasando por los escritos que ha realizado, todo ello constituye un intento por expresar su mundo esquizofrénico quizás también indescifrable para nosotros. Este es un reto que como auténtico artista lanza a todos los espectadores. También puede comprobarse una evolución clara en sus fotografías desde la presentación más soterrada con unas imágenes en blanco y negro que medio muestran el tormento a la referencia ya más clara del horror en sus obras a color. Pero, en todo caso, a los observadores se nos ofrecen continuos enigmas desde sus extensos textos y torturas.
En un extraordinario capítulo de su libro Corpus Solus: Para un mapa del cuerpo en el arte contemporáneo y que lleva como título: “David Nebreda: sacrificio y resurrección”, Juan Antonio Ramírez dedica toda su atención a analizar el trabajo de David Nebreda al cual considera único:
David Nebreda
El trabajo de Nebreda no se asemeja a nada que hayamos conocido antes, y todas las piruetas interpretativas aparecen como máscaras, muletas conceptuales demasiado endebles para soportar el peso abrumador de "esa" realidad. El sistema del arte contemporáneo, a pesar de que es muy correoso y omnívoro, no ha encontrado todavía la manera de digerir a este personaje. Se trata de un caso excepcional, pues no estamos hablando de un desconocido sino de alguien cuya obra, muy bien editada, está desde hace unos años al alcance de los aficionados, lo cual no se puede decir siempre de otros artistas más aclamados
. En primer lugar, por tanto, percibe una autenticidad inequívoca en las obras de David Nebreda y, acto seguido, quiere dejar claro que se trata de creaciones artísticas en sentido estricto
y no exclusivamente de unos documentos humanos.
Nebreda
–afirma Juan Antonio Ramírez– es un excelente dibujante, tanto cuando maneja el lápiz como cuando emplea a modo de tinta su propia sangre: las figuras están muy bien encuadradas, el trazo es seguro y limpio, y todo ello nos permite considerarlo como un heredero aplicado de la tradición académica. Como fotógrafo es autodidacta (no se le daba importancia a este medio en sus tiempos de estudiante en la Facultad de Bellas Artes de Madrid), pero no deja de sorprendernos el rigor y la perfección de sus tomas
. También se va a referir a la costumbre de David Nebreda de utilizar los espejos para expresar el desdoblamiento y la pesadilla del abismo de la identidad para un esquizofrénico; además de su tendencia a utilizar símbolos religiosos, filosóficos e iconografía masónica. En la foto titulada "La medición del espejo", donde el autor está en cuclillas, semidesnudo, con una camiseta raída, en un rincón, mirando (arrojándose casi) a un espejo redondo colocado en el suelo, y cuya forma parece querer reproducir con el compás de cristal que tiene en su mano derecha
(…) ¿Reproduce Nebreda en el suelo de su habitación el cielo-infierno del espejo al que se asoma como si se quisiera suicidar? ¿Escenifica un ritual de regeneración que acabará con la «piedra tallada» de su propia vida, al estilo masónico?
.
David Nebreda
La medición del espejo.
Tras analizar el simbolismo y las continuas alegorías y evocaciones en las imágenes de David Nebreda, Juan Antonio Ramírez hace una lectura positiva de la obra de este gran artista: Por eso me parece que es una obra optimista. Nebreda ha bajado al abismo más oscuro de sí mismo y, tras sufrir peripecias y penalidades indecibles, ha regresado cargado de tesoros. Como joyas rutilantes, resplandecen ahora en la oscuridad de este mundo sombrío en el que habitamos todos. «No más allá», parecen proclamar. Desde el fondo de la cueva, desde el interior del capullo de la metamorfosis, desde el cáliz de la Pasión emerge el mensaje de que «aquí ya no queda nada». Sólo cabe volver a empezar. O mejor aún, resucitar
.
Bravo!
"La sensación de querer desplomarse es más densa que nunca antes, la vacuidad rebosando, ávido Tánatos tan cercano. Todo está impregnado de un aroma funerario, las personas, sus sonrisas, las lecturas, los amantes, las frases tiernas... No hay más satisfacción. Me pregunto si debo buscarla, me respondo: nada es satisfactorio. Todo cambia. Nada permanece en su sitio. Gran vértigo que hincha sus venas con nuestras penas. Sabio el sileno que enseñó que lo mejor es no nacer, y lo segundo mejor es morir pronto. Y el mundo no se detuvo, su marcha siguió, impúdico mecanismo de la vida crispado en mórbida curiosidad por la tragedia humana. ¿Tragedia? No... no creo, es más bien un viento helado que cubre los rostros detrás de gruesas capas de hielo. No hay tragedia, sólo frío. Incapacidad de asir dos minutos un sentimiento grato. Mis sonrisas se han convertido en signos del absurdo. Me gusta sonreír. Sonreír siempre y a todos. Muy pocos son los hábiles en percibir el gran hedor que emana de mis fauces, de mis horneadas entrañas en descomposición. Nihil in vitam pulchro est. Nos ensuciamos en el cieno de las bajas pasiones y de las palabras sin sentido. Pues todo lo que tiene origen/ Merece ser destruido/ Más valdría, por tanto, que nada naciera/ Así pues, todo lo que llamáis pecado/ Destrucción, en resumen, el Mal/ Es mi propio elemento. Ya, ya lo sé, también es insensato el afán mortuorio. Por mí que brille el sol, que nazcan los apresurados fetos, que nuevas generaciones sucedan a las viejas, que las mujeres bellas ofrezcan su aquilatado cuerpo al “amor verdadero”, que los parques se saturen de Sentidos. Bravo!..."
Farrai un vers de dreit nien
Farai un vers de dreit nien:
Non er de mi ni d’autra gen,
Non er d’amor ni de joven,
Ni de ren au,
Qu’en fo trobatz en durmen
Sus un chivau.
No sai en qual hora.m fui natz,
No sois estranhns ni soi privatz,
Ni no.n puesc au,
Qu’en enaisi fui de nueitz fadatz
Sobr’un pueg au.
No sai cora.m endormitz,
Ni cora.m veill, s’om no m’o ditz;
Per pauc no m’es lo cor paritz
D’un dol corau;
E no m’o pretz una fromitz,
Per Saint Marsau!
Malautz soi e cre mi morir;
e re no sai mas quan n’aug dir.
Metge querrai al mieu albir,
e no’m sai tau;
bos metges er, si.m pot guerir,
mor non, si amau.
Amigu’ai ieu, non sai qui s’es:
c’anc no la vi, si m’aiut fes;
ni.m fes que.m plassa ni que.m pes,
ni no més cau:
c’anc non ac norman ni franses
dins mon ostau.
Anc no la vi era m la fort;
anc no n’aic dreit ni no.m fes tort;
quan no la vei, be m’en deport;
no’m prez un jau:
qu’ien.n sai gensor e belazor,
e que mais vau.
No sai lo luec on s’esta,
si es en pueg ho es en pla;
non aus dire lo tort que m’a,
abans m’en cau;
e peza.m be quar sai rema,
per aitan vau.
Fait ai lo vers, no sai de cui;
e trametrai lo a celui
que lo.m trametra per autri
enves Peitau,
que.m tramezes del sieu estui
la contraclau.
Haré un verso sobre absolutamente nada:
No será sobre mí ni sobre otra gente,
No será de amor ni de juventud, ni de nada más,
Sino que fue trovado durmiendo sobre un caballo.
No sé en qué hora nací, no estoy alegre ni triste,
No soy arisco ni soy sociable,
ni puedo ser de otro modo,
porque así fui hechizado de noche sobre una alta montaña.
No sé cuándo estoy dormido ni cuando velo, si no me lo dicen;
Por poco se me quiebra el corazón por un cordial dolor;
Y ello no me importa una hormiga,
Por San Marcial.
Estoy enfermo y temo morirme; y sólo sé lo que oigo decir.
Buscaré médico a mi capricho, y no sé de ninguno así;
Será buen médico si puede curarme,
Pero no lo será si empeoro.
Tengo amiga, no sé quién es:
Pues nunca la vi, a fe mía,
Ni hizo nada que me pluguiera ni que me pesara,
Y no me importa: porque nunca hubo normando ni francés
Dentro de mi casa.
Nunca la vi y la amo mucho;
nunca tuve de ella favor ni me hizo ofensa;
cuando no la veo, me lo tomo en broma:
no me importa un gallo.
Porque sé de una más gentil y más hermosa y que más vale.
No sé si el lugar hacia donde vive está en la montaña o está en el llano;
No oso decir lo injusta que es conmigo, antes bien me callo;
Y pésame mucho que ella se quede aquí,
Y por esto me voy.
He hecho el verso, no sé sobre quién;
Y lo enviaré a aquel que,
Por medio de otro, lo enviará de mi parte hacia Peitieu,
Para que me envíe la contraseña de su estuche.
Guilhem de Peitieu
principios del siglo XII
Los amantes y el milagro
He llegado a la casa de una amiga. Estoy preocupado de haber estacionado mi carro en algún lugar prohibido, ella me dice que no hay problema… Mi amiga parece un poco ida del mundo… Tocan a la puerta, se trata de unos tipos que comienzan a bajar, de un enorme camión de mudanzas, diversas cajas de instrumentos musicales, van y vienen por la casa de mi amiga… Ella permanece indiferente a todo… Los semblantes de los tipos son muy expresivos, parecen sacados de algún reclusorio infernal. Siento que algo malo sucederá, que esos tipos realmente son criminales profesionales, pero ella no se da cuenta, por el contrario, les permite el paso hasta su recámara… yo, preocupado por ella, le digo que me acompañe a acomodar bien mi auto, así lograré sacarla de su casa y salvarla. Ella me dice que mi auto está bien en el lugar donde lo dejé, repite una vez más que no debo preocuparme... No sé cómo decirle lo que presiento… En eso (no sé explicar cómo) veo desde abajo la escena que se desarrolla en la recámara. Uno de los delincuentes, acompañado por otro, encuentra a su mujer semidesnuda acostada en la cama. Esta chica (a quien desconozco, pues no se trata de mi amiga) parece estar desconectada de todo, absoluta y profundamente, su mente y corazón están en otro sitio. El tipo, que parece ser su esposo, sufre un severo ataque de celos… grita a la mujer exigiéndole razones, le pide nombres, lugares… ella no reacciona, está como muerta. Él, con un arma en el brazo, manda a su compañero a traer al amante de la mujer. Acto seguido llega este otro tipo cargando un gran Cristo de talla… El criminal ordena a la mujer que abrace a su amante, ella lo aferra llorando, se acuesta con él, lo besa… el tipo celoso ordena que los cuerpos se alineen (el de su mujer y del Cristo); Ella yace encima del cuerpo del Cristo, abre los brazos para alinearlos en la posición de cruz… sus bocas se besan… El tipo celoso, con un rostro lleno de una feroz ira, dispara contra los amantes. Una bala perfora la espalda de la mujer y muere, pero no sangra, ni una gota de sangre se derrama por su herida, esto es un milagro!!! Quitan el cadáver para exponer al Cristo de madera… éste sangra por la oquedad abierta por la bala.

A los cien años de soledad

http://www.dmedicina.com/salud/psiquiatricas/sindrome-diogenes.html




