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El fracaso límbico de Dios


Sobre el limbo: "La pena más grande -la carencia de la visión de Dios- se vuelca así en alegría natural: definitivamente perdidos, habitan sin dolor en el abandono divino. No es que Dios los haya olvidado, sino que ellos lo han olvidado a Él desde siempre, y el descuido divino resulta impotente contra su olvido."
G. Agamben, La comunidad que viene, Pre-Textos, España, 1996, p. 11 


topías, distopías y atopías

Vámonos inmóviles de viaje
para ver la tarde de siempre
con otra mirada,
para ver la mirada de siempre
con distinta tarde

Vámonos, inmóviles

"Lugares [I]", Xavier Villaurrutia

Ninguna Parte sin No: lo puro

Con todos los ojos ve la criatura
lo Abierto. Sólo nuestros ojos están
como vueltos del revés y puestos del todo en torno a ella,
cual trampas en torno a su libre salida.
Lo que hay fuera lo sabemos por el semblante
del animal solamente; porque al temprano niño
ya le damos la vuelta y le obligamos a que mire
hacia atrás, a las formas, no a lo Abierto, que
es en rostro del animal es tan profundo. Libre de muerte.
A ella sólo nosotros la vemos; el animal libre
tiene siempre su ocaso detrás de sí
y ante sí tiene a Dios, y cuando anda, anda
en la eternidad, como andan las fuentes.
   Nosotros nunca tenemos, ni siquiera un solo día,
el espacio puro ante nosotros, al que las flores
se abren infinitamente. Siempre hay mundo
y nunca Ninguna Parte sin No: lo puro,
no vigilado que el hombre respira y sabe
infinitamente y no codicia. Cuando niño
se pierde uno en silencio en esto y le
despiertan violentamente. O aquel muere y es esto.
Pues cerca de la muerte uno ya no ve la muerte
y mira fijamente hacia afuera, quizás con una gran
    mirada de animal

Rainer María Rilke
Elegías de Duino
Elegía VIII, extracto

Circunloquio


Necesito detener toda lasitud

Hace tiempo que me espino con raíces y pantanos.

Mi sacrificio requiere de espuma,

Violáceas lunas en tránsito por donde aprendieron a callar mis pasos.



Me superan los bosques y sus viejas cofradías

Los seres de estirpe vacua,

Las confesiones que al viento alumbran

Cuando se posan tus memorias en mis manos.



Me devastan los tiempos líquidos

Los fragmentos que se hicieron colecciones de un astro pútrido.

Los lamentos estelares e inconclusos donde me fundo blancamente.

Sólo así,

Y sólo así



navego entre los baladros que te incendian de luz y sombra… 
 
Yelenia Cuervo

Amor y atopía

"Frente a la originalidad brillante del otro no me siento jamás átopos, sino más bien clasificado (como un expediente muy conocido). A veces sin embargo, llego a suspender el juego de las imágenes desiguales ("¡Que no pueda yo ser tan original, tan fuerte como el otro!"); intuyo que el verdadero lugar de la originalidad no es ni el otro ni yo, sino nuestra propia relación. Es la originalidad de la relación lo que es preciso conquistar"

Barthes, R., Fragmentos de un discurso amoroso, Siglo XXI, México, sección: átopos

ÁTOPOS

ATOPOS. El ser amado es reconocido por el sujeto amoroso como “átopos” (calificación dada a Sócrates por sus interlocutores), es decir como inclasificable, de una originalidad incesantemente imprevisible.

2. La atopía del otro, la sorprendo en su mirada, cada vez que leo en ella su inocencia, su gran inocencia: no sabe nada del mal que me hace, o, para decirlo con menos énfasis, del mal que me da. ¿El inocente no es inclasificable (por consiguiente sospechoso para toda sociedad, que no “se reencuentra” sino allí donde puede clasificar Faltas)?

X… tenía por cierto “rasgos de carácter” por los cuales no era difícil de clasificar (era “indiscreto”, “astuto”, “perezoso”, etcétera), pero en dos o tres ocasiones me había sido imposible leer en sus ojos una expresión de tal inocencia (no hay otra palabra) que me obstinaba, sucediera lo que sucediese, en ponerlo, de algún modo, aparte de sí mismo, fuera de su propio carácter. En ese momento lo eximí de todo comentario. Como inocencia, la atopía se resiste a la descripción, a la definición, al lenguaje, que es maya, clasificación de los Nombres (de las Faltas). Atópico, el otro hace temblar el lenguaje: no se puede hablar de él, sobre él: todo atributo es falso, doloroso, torpe, mortificante: el otro es incalificable (ese sería el verdadero sentido de átopos).

NIETZSCHE: sobre la atopía de Sócrates, Michel Guerín, Nietzcshe, Socrate, héroïque. Apud. BARTHES, R. Fragmentos de un discurso amoroso, p. 33.


Le mur

Une hache
donnez une hache
a fin que je m'effraie
de mon ombre sur le mur
ennui
sentiment de vide
fatigue

Georges Bataille

Una hacha
denme una hacha
para que me espante
de mi sombra en el muro
aburrimiento
sentimiento de vacío
fatiga.

Atopía taoísta

Sin salir de tu propia casa,
puedes conocer el mundo.
Sin mirar por la ventana,
puedes conocer el Tao del Cielo.
Cuanto más lejos vayas,
menor será tu saber.
Por eso el sabio conoce sin viajar,
distingue sin mirar,
realiza su obra sin actuar

Tao de Goudian, 10, XLVII

Thomas Mann

«¿Qué es el tiempo? Un misterio omnipotente y sin realidad propia. Es una condición del mundo de los fenómenos, un movimiento mezclado y unido a la existencia de los cuerpos en el espacio y a su movimiento. Pero ¿acaso no habría tiempo si no hubiese movimiento? ¿Habría movimiento si no hubiese tiempo? ¡Es inútil preguntar! ¿Es el tiempo una función del espacio? ¿O es lo contrario? ¿Son ambos una misma cosa? !Es inútil continuar preguntando! El tiempo es activo, posee una naturaleza verbal, es «productivo». ¿Y qué produce? Produce el cambio. El ahora no es el entonces, el aquí no es el allí, pues entre ambas cosas existe siempre el movimiento. Pero como el movimiento por el cual se mide el tiempo es circular y se cierra sobre sí mismo, ese movimiento y ese cambio se podrían calificar perfectamente de reposo e inmovilidad. El entonces se repite sin cesar en el ahora, y el allá se repite en el aquí. Y como, por otra parte, a pesar de los más desesperados esfuerzos, no se ha podido representar un tiempo finitito ni un espacio limitado, se ha decidido «imaginar» que el tiempo y el espacio son eternos e infinitos, pensando —al parecer— que, dentro de la imposibilidad de hacerse una idea, esto es un poco más fácil. Sin embargo, al establecer el postulado de lo eterno y lo infinito, ¿no se destruye lógica y materialmente todo lo limitado y finito? ¿No queda todo reducido a cero? ¿Puede haber sucesión en lo eterno? ¿Puede haber coexistencia en lo infinito? ¿Cómo armonizar esta «solución de compromiso» respecto a lo eterno y lo infinito con conceptos como distancia, movimiento, cambio..., e incluso con la mera presencia de cuerpos limitados en el universo? ¡Es inútil preguntar!»

Segunda carta de Paolo a Beatriz

Fragmento de las nupcias de Ana

La imagen del momento en que descubrí la hermosura de tu rostro persiste en mi memoria como si fuera un sello eterno, yo secuestrado por Saturno a la orilla del Arno, intentando purgar la negra bilis que me ataba a la contemplación de ese cristalino río, tenía las sienes tensas y el corazón inflamado por una canción de amor que recién leía, la mirada se me extravió en aquella luz divina que hería con fuerza la oscura caverna de mi mente, dolor, un terrible dolor que inundaba el pequeño tazón en el que bebía mi existencia. ¡Ay Beatriz! ¿Cómo explicarte lo que me parece tan oscuro, tan extraño? Yo mismo no he logrado asir aquello que me perturba desde la juventud temprana, sólo sé que es un fantasma que encuentra su placer en golpearme, y cuya silueta es tan difusa como el humo y no puedo luchar contra él, es un demonio que ata las piernas de mi felicidad con las sogas de la melancolía y me cuelga cabeza abajo sobre un mundo al que no logro llegar, y así, en ese rapto de extraña amargura fui flechado con la más dulce visión, mis párpados abandonaron su contracción y abrí los ojos a tu beldad. Nunca ojos humanos habían sido tan bendecidos, nunca un corazón arrebatado tan fuertemente de sus ensimismamientos, eras tú, era tu rostro un nuevo sol cristalino, ¡un rostro y no humo! inmediatamente me preguntaste si podías ayudarme, si me encontraba bien, si me dolía algo, te respondí con un "no" certero. Fue el primer milagro que obrabas en mí, fue el signo de un nuevo evangelio, la negación del dolor, el nacimiento de Venus. ¡Beatriz, has desanudado las cuerdas de mi infelicidad, me has dado a luz! Me has regalado el mundo y soy ahora tan frágil como un crío llorando por un poco de calor. Dulce Beatriz, me has dado la vida, has puesto armonías en aquellos áridos resguardos de mi espíritu. Beatriz, eres la piedra deseada por los alquimistas que transforma la más innoble materia en un fuego solar, todo lo has puesto bajo tu luz, las brisas cálidas no estaban en el Arno, estaban en tus playas, los tiempos de mi soledad han encontrado su feliz deshacimiento. Yo también he encontrado en la vulnerabilidad mi dicha, y quisiera que mis palabras no fueran tan ciertas, pero lo son, estoy aterrado por la felicidad que me brindas. Te imploro, Beatriz, nunca permitas que los cielos se caigan, apaga las voces de mi soledad, arráncame de las tinieblas, sé la mano divina en la que puedo apostarme sin temer a los fantasmas.
Te necesita
Paolo

Texto completo: Drama en Cuatro Estancias

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Veo el abismo


Los abismos atraen. Yo vivo a la orilla de tu alma. Inclinado hacia ti, sondeo tus pensamientos, indago el germen de tus actos. Vagos deseos se remueven en el fondo, confusos y ondulantes en su lecho de reptiles. ¿De que se nutre mi contemplación voraz? Veo el abismo y tú yaces en lo profundo de ti misma. Ninguna revelación. Nada que se parezca al brusco despertar de la conciencia. Nada sino el ojo que me devuelve implacable mi descubierta mirada. Narciso repulsivo, me contemplo el alma en el fondo de un pozo. A veces el vértigo desvía los ojos de ti. Pero siempre vuelvo a escrutar en la sima. Otros, felices, miran un momento tu alma y se van. Yo sigo a la orilla, ensimismado. Muchos seres se despeñan a lo lejos. Sus restos yacen borrosos, disueltos en la satisfacción. Atraído por el abismo, vivo la melancólica certeza de que no voy a caer nunca.

Juan José Arreola
Bestiario (fragmento)

Robert Walser y la atopía


REPORTAJE: LOS MICROGRAMAS DE ROBERT WALSER
La inquebrantable ingenuidad
FRANCISCO SOLANO 19/11/2005


Robert Walser nació en Biel (Suiza) el 15 de abril de 1878 y murió, caído sobre la nieve, el día de Navidad de 1956. Su vida, semejante a la de sus personajes, fue inquieta y errática, siempre escapando a cualquier forma de duración o permanencia. A los 14 años abandonó los estudios y ejerció los más diversos oficios: fue empleado de banca, secretario, archivero; incluso sirvió de criado en un castillo de Silesia. Walser despreciaba los ideales de prosperidad, aborrecía el éxito, era incapaz de someterse a ningún tipo de rutina o atadura. Vivió siempre, de un lugar a otro, sin domicilio fijo, con graves problemas económicos. A partir de 1925 empieza a sufrir trastornos nerviosos y alucinaciones auditivas; se embriaga y tiene periodos de enorme agresividad. Su hermana Lisa, la única ayuda constante que recibió, le recomienda que ingrese en un sanatorio psiquiátrico.

ser: "Su experiencia con la 'lucha por la existencia' le lleva a la única esfera en que esa lucha no existe, al manicomio, el monasterio de la época moderna". Ingresa, probablemente con alivio, en el manicomio de Waldau, de donde será transferido, en 1933, al sanatorio de Herisau. Allí permanecerá, silencioso y olvidado, hasta su muerte. A semejanza de su admirado Hölderlin, Walser enmudece en vida. Sus libros habían despertado el entusiasmo de algunos escritores: Kafka (que lo leía en voz alta a sus amigos), Christian Morgensten, Robert Musil, Walter Benjamin, pero no habían encontrado su público. El editor Karl Seelig, que lo visitó reiteradamente en su encierro y gestionó la reedición de sus obras, ha contado en su imprescindible Paseos con Robert Walser (Siruela, 2000) que consideraba que "el único suelo en el que el poeta puede producir es el de la libertad". Seelig había ayudado a otros escritores y le propuso esa libertad, pero a la pregunta "¿volvería realmente a escribir?", Walser contestó: "Con esa pregunta sólo se puede hacer una cosa: no responderla"
...
en sus textos, las palabras son un fluido casi natural de su imaginación. Su estilo es siempre de aire libre, de vagabundeos y ensoñaciones. Cuando se demora en las descripciones las activa por dentro, dotándolas de vida propia, de movimiento. A veces se detiene y las descripciones adquieren la condición de personajes. A todo superpone un tono de indecisión, de duda aparente: "Pluma, si no me asistes, no sé cómo avanzar". En el fondo está advirtiendo que probablemente miente, que acaso el texto no sea más que una tentativa de fuga, un modo incluso reprobable de embozarse en las palabras. Walser devuelve a la escritura su propia suficiencia mientras él se consume escribiendo. De ahí que, en su mundo de renuncias, de propensión a la desaparición, incluso sea deseable prescindir de los artistas: "Es bueno que los hombres no tengan necesidad de artistas para ser gente artísticamente despierta y talentosa". Sus personajes están dotados de una rica disposición ante la belleza, quieren disfrutar de sí mismos, pero les horroriza tener éxito en la vida. Deambulan y dedican sus esfuerzos a buscar una habitación, un lugar donde convalecer. Nadie disfruta tanto de la vida, ha escrito Benjamin, como el convaleciente.
...
pero su extrañeza no es sombría. Lo asombroso, lo que resulta extraordinario en Walser es que vivía sus fantasías poéticas, como el resto de la humanidad vive sus ambiciones, o dicho de un modo más taxativo: nunca perdió la ingenuidad. Una ingenuidad que no tiene nada de ignorancia o de inconsciencia. Oskar Loerke, uno de los pocos críticos que saludó fervorosamente sus libros, logró una definición exacta del carácter de Walser: "Su ingenuidad es tan espontánea que después de ser destruida por la conciencia, se presenta tan segura e incólume como si fuera natural". Su existencia fue un compendio de incomprensión, penuria y dolor, pero en sus páginas no se halla ninguna queja. "La peculiaridad de Robert Walser como escritor", otra vez Canetti, "consiste en que nunca habla de motivaciones. Es el más oculto de todos los escritores. Siempre está bien, siempre está encantado con todo". Su obra rebosa de frases tan deslumbrantes como impredecibles. He aquí una que concentra, en su brevedad, su manera de sentir: "En el asunto del amor, todo fracaso es casi una dicha". Aunque escasos y dispersos, no hay ningún lector de Walser que, bajo los efectos de su estilo, que actúa como una música, no se sienta reconfortado y tal vez mejor persona. Leer a Walser nos libera de embrollos éticos y nos limpia de mezquindad. Vila-Matas, en su Doctor Pasavento, lo convierte en héroe moral por su "afán de librarse de la conciencia, de Dios, del pensamiento, de él mismo". Walser se mimetiza para no ser descubierto, no compite por ningún puesto social, se desentiende de la maquinaria que engarza al individuo con el poder. En La rosa, el último libro que publicó en vida, asoma esta insinuación: "Alabar parece francamente trivial". Así pues, escribir con entusiasmo sobre Robert Walser podría resultar incluso ofensivo.