martes, 11 de noviembre de 2008

Hans Bellmer, anatomía del deseo



Texto de Rosa Aksenchuk

Hans Bellmer nace en 1902 en una familia burguesa de Katowice (Polonia). Su padre, un ingeniero electricista puritano, adherido al partido nazi desde 1933, aspiraba a que sus hijos accediesen a la misma carrera que él. A manera de reacción, Bellmer abandona a partir de 1920 sus estudios de ingeniero y decide consagrarse en 1924 a la pintura, bajo la influencia de Otto Dix, Paul Klee y los dadaístas de Berlín. Fue, además, escultor, dibujante publicitario y un apasionado lector de Freud y Baudelaire.
En 1933 Bellmer construye una “Muñeca”, simulacro de mujer (en un tamaño casi real de 1m. 40), hecha de papel y pegamento, la esculpe, la pinta, le fabrica articulaciones. Con la asistencia de su hermano, la pone en escena en bosques y en jardines, y realiza una serie de fotografías.

La Muñeca adopta poses, en situaciones eróticas, dramáticas, sadomasoquistas. Bellmer le impone toda clase de metamorfosis, y la “Poupée” fascina a los surrealistas; los dibujos del artista acompañan las exposiciones del grupo. En 1935 se publican las fotos en la revista Minotaure, bajo el título: "Variaciones sobre el montaje de una menor articulada" y, al año siguiente, el propio Bellmer edita el libro Die Poupée.
Al igual que la muñeca, que no es una representación femenina, y en tanto juguete remite a la infancia, donde la vida y la muerte no son contradictorias, los dibujos de Bellmer hacen referencia a la no diferenciación sexual del niño. En 1927, Bellmer recibe una caja expedida por su madre que contiene sus juguetes de niño. Dirá más tarde: "probé entonces el sentimiento atroz de perder mi vida desde la edad del juicio."
Nacida del interés del artista por el psicoanálisis, la Muñeca es una mezcla compleja de influencias que llegan a veces hasta contradecirse. Objeto erótico y sensual, es a la vez un objeto mórbido y violento. En esta fascinación indeterminada por sentimientos contradictorios, pueden coexistir junto con la sensualidad y el erotismo, la muerte. (La muñeca convirtiéndose en mujer muerta).


De su Muñeca, marioneta desarticulada, hace fotos, en distintos contextos. Una forma de inscribir el fantasma en la realidad de casas y jardines. Y a partir de 1953, será Unica Zurn - escritora y pintora alemana, admirada por grandes artistas del surrealismo – quien habrá de convertirse en su mujer-muñeca, cuando Bellmer la conozca en Berlín Oeste (en una exposición de cuadros de Unica).


La Muñeca, es una antigua historia de autómatas. En el siglo XVII, Vaucanson confeccionaba patos, animales-máquina. En el siglo XIX, tras la Copelia de Hoffmann y la Eva Futura de Villiers de l’ Isle Adam, la muñeca encomendada por Kokoschka lo decepciona: no tiene la suave piel de Alma Malher. El encargo de una muñeca-mujer, fue la preocupación de Pigmalión por su Pandora.

En lo sucesivo, se trata de una mujer real, de carne y hueso, transformada en Muñeca. Bellmer le aplica los procedimientos anteriormente destinados a la autómata: el rodamiento; y choca contra “el muro que separa a la mujer de su imagen” -su carne, o lo “real”- que reinventa con cuerdas y otros alambres para capturarla. A partir de 1957, Unica debió ingresar varias veces en centros psiquiátricos para superar sus crisis de esquizofrenia, especialmente tras ser fotografiada desnuda y encadenada por Bellmer para una de las portadas de Surréalisme. Tarea imposible que Unica paga con su frágil vida, entre sus exposiciones y la escritura: L’ homme-jasmin. Cuando sale de una de sus internaciones en el hospital, se reúne con Bellmer, que se había encerrado en la oscuridad. Abre las persianas y se tira por la ventana." (1) La omnipotencia del amor nunca se manifiesta más que en sus desvaríos. Los de la idealización de la pulsión sexual, inscripta en las perversiones, no obstante sus espantosos resultados, como escribió Freud en Tres ensayos, en una nota añadida en 1910. (2)

De Unica, Bellmer escribirá en 1964 en una carta dirigida al doctor Gaston Ferdière: “Puede verse en mí al tipo de hombre con antenas que capta a la futura “mujer víctima”. Falta saber si he detectado en Unica a una víctima” (3). La búsqueda de Bellmer no es la de un objeto perdido, a través de sus sucesivas encarnaciones, sino el cuestionamiento del objeto encontrado: la mujer víctima.

Bellmer fue, evidentemente, rechazado por el III Reich, que calificó a su arte de degenerado, y que veía en él lo que el autor, en efecto, quería: un intento de provocar a la población para impulsarla a despertar. Las consecuencias de la política nazi fueron drásticas: numerosos artistas eligieron el exilio, Bellmer estaba entre ellos. Fue precisamente en 1937 cuando los propagandistas de Hitler organizaron la exhibición más amplia del arte moderno llamada Entartete Kunst (Arte degenerado), expresión forjada por Goebbels para designar todas las producciones artísticas que no correspondían a los criterios estéticos de los nazis, apropiándose para sus propios fines de “purificación racial” del diagnóstico psiquiátrico de Max Nordau referido a la degeneración. La exposición, inaugurada por Hitler, constaba de centenares de pinturas y esculturas que ellos mismos habían incautado de los museos y las galerías privadas de toda Alemania. Obras de Paul Klee, Pablo Picasso, Vincent Van Gogh, Marc Chagall, Wassily Kandinsky, Max Ernst, Otto Dix, Eduard Munch, y las del propio Bellmer -entre otros-, eran consideradas fruto de una "fantasía enfermiza" o simplemente "judeo-bolchevique". Entartete Kunst presentaba un “museo de los horrores” con sus distintas secciones, como: “Las manifestaciones del alma racial judía”, “La invasión bolchevique en el arte”, “La naturaleza vista por espíritus enfermos”. Se trataba de dar una base científica a una empresa de erradicación cultural, basada en una “normalidad” creativa de tipo conservador, permitiendo rechazar toda vanguardia según criterios raciales, políticos o patológicos. Bellmer, con su Muñeca, asumió físicamente el peso y la carga de su crítica violenta contra el régimen nazi. Esta muñeca, figura muerta, portadora de tanta sátira como de ataques violentos contra Hitler, era también una denuncia del culto al cuerpo perfecto de moda en la Alemania nazi.
Después de haber abandonado Alemania en 1938, Bellmer se interna durante el verano de 1939 en el campo de Les Milles (Francia) en compañía de Max Ernst. Allí habrá de escribir su “Pequeña anatomía del inconsciente físico” antes de comprometerse en la Resistencia. En 1943 se organiza su primera exposición personal. Bellmer dibuja, realiza imágenes en las cuales se metamorfosean los cuerpos y los sexos. Ilustra, con grabados y dibujos, obras eróticas (Georges Bataille, Pauline Réage, Sade).
Hans Bellmer fallece en París en Febrero de 1975.


Notas:
(1) DUROUX. Françoise, Campo del arte y actualidad y supervivencia del Surrealismo(2) FREUD, Sigmund: En "Obras Completas", "Tres ensayos de una teoría sexual infantil" (1905). Volumen VII, Parte I. Las aberraciones sexuales. Amorrortu Editores, 1995(3) BELLMER, H. & ZURN, U.: Lettres au docteur Ferdière; Paris, Séguier, 1994


4 comentarios:

  1. Gore, Ciudad Juárez ahora es gore sin ir a los museos, el narco hace sus performances. Antier mi hijo y yo vimos a un decapitado colgado de un puente a desnivel (llamado, para regodeo de los simbióticos, "puente al revés"). Justo hace un par de días que una doctora queer decía que el Estado mexicano era gore y yo pensaba en la larga historia de la tortura mientras ella hacía su performance de hiperfemineidad. Me pregunto si la ciudad se ha convertido en un museo o los artistas andan sueltos.

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  2. si, si, ni si, ni siquiera el cuerpo significa gran cosa, eso lo saben bien los matones

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  3. la generación de artistas europeos que vivieron entreguerras se me presentan indefectiblemente como los más violentos, los más desilusionados, el gran vacío está en ellos, de ahí su explosión creativa, sorprendente, voluptuosa.
    Algo parece seguro, el nihilismo impone el cuerpo a la conciencia.
    Tiempos de saturación semántica del cuerpo, nuestra más firme certeza.

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  4. El cuerpo, los cuerpos destazados, fragmentados, perforados, lacerados, son territorio de los sistemas médicos, judiciales, de represión, los artistas los convierten en una estética algunos con el propósito de recordarnos sobre la fragiliadad de la vida o reversión de las formas clásicas, con un discurso snob cuando no sale de las élites de los museos con sus curadores hierespecializados. La calle, el campo militar o de torturas, el quirófano, son también lugares de especialistas. Ni el desencanto, mucho menos el cuerpo entero o fragmentado, son nuevos como propuesta; quizá la persistencia en la búsqueda de lo futil.

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