Acteón, la animalidad interrumpida por la conciencia
Dichoso eres Tiresias, pues tú viste la figura desnuda de Atenea sin perecer. Ella, pese a su pudor, sintió piedad de ti. Tú no has muerto, ni has recibido una piel de cervato, ni te han salido cuernos encima de la frente. Pese a que perdiste la luz de tus ojos, estás vivo. En efecto, ella transfirió a tu espíritu el resplandor que había en tus ojos. Pero la Arquera en su cólera es peor que la Tritogenia. ¿Ojalá huiese tenido una suerte semejante! ¿Ojalá ella misma hubiese atacada mis ojos como lo hizo Atenea, o quien hubiese atacado mis ojos como lo hizo Atenea, o bien hubiese cambiado mi pensamiento junto con mi cuerpo! Pues tengo yo una forma de fiera que es ajena a mi naturaleza y conservo, no obstante, el modo de sentir de un hombre. ¿¡Dónde las bestias gimen su propia muerte?! No, ellas viven privadas de la razón y no piensan en su final. Sólo yo cargo con una mente sensata. Y ahora al morirme, mis ojos de fiera vierten lágrimas llenas de conciencia. Y en este instante mis perros se vuelven más feroces.
Nono de Panópolis, Dionisíacas, V.335s (Gredos, Madrid, 1995).
Ninguna Parte sin No: lo puro
Con todos los ojos ve la criatura
lo Abierto. Sólo nuestros ojos están
como vueltos del revés y puestos del todo en torno a ella,
cual trampas en torno a su libre salida.
Lo que hay fuera lo sabemos por el semblante
del animal solamente; porque al temprano niño
ya le damos la vuelta y le obligamos a que mire
hacia atrás, a las formas, no a lo Abierto, que
es en rostro del animal es tan profundo. Libre de muerte.
A ella sólo nosotros la vemos; el animal libre
tiene siempre su ocaso detrás de sí
y ante sí tiene a Dios, y cuando anda, anda
en la eternidad, como andan las fuentes.
Nosotros nunca tenemos, ni siquiera un solo día,
el espacio puro ante nosotros, al que las flores
se abren infinitamente. Siempre hay mundo
y nunca Ninguna Parte sin No: lo puro,
no vigilado que el hombre respira y sabe
infinitamente y no codicia. Cuando niño
se pierde uno en silencio en esto y le
despiertan violentamente. O aquel muere y es esto.
Pues cerca de la muerte uno ya no ve la muerte
y mira fijamente hacia afuera, quizás con una gran
mirada de animal
Rainer María Rilke
Elegías de Duino
Elegía VIII, extracto
lo Abierto. Sólo nuestros ojos están
como vueltos del revés y puestos del todo en torno a ella,
cual trampas en torno a su libre salida.
Lo que hay fuera lo sabemos por el semblante
del animal solamente; porque al temprano niño
ya le damos la vuelta y le obligamos a que mire
hacia atrás, a las formas, no a lo Abierto, que
es en rostro del animal es tan profundo. Libre de muerte.
A ella sólo nosotros la vemos; el animal libre
tiene siempre su ocaso detrás de sí
y ante sí tiene a Dios, y cuando anda, anda
en la eternidad, como andan las fuentes.
Nosotros nunca tenemos, ni siquiera un solo día,
el espacio puro ante nosotros, al que las flores
se abren infinitamente. Siempre hay mundo
y nunca Ninguna Parte sin No: lo puro,
no vigilado que el hombre respira y sabe
infinitamente y no codicia. Cuando niño
se pierde uno en silencio en esto y le
despiertan violentamente. O aquel muere y es esto.
Pues cerca de la muerte uno ya no ve la muerte
y mira fijamente hacia afuera, quizás con una gran
mirada de animal
Rainer María Rilke
Elegías de Duino
Elegía VIII, extracto
γνωθι σαυτον
La sabiduría délfica fue manoseada por nuestras tecnologías racionales haciéndola pasar por una invitación a la verticalización del yo. He aquí una versión horizontalizante del oráculo, quiebre del mundo, agotamiento del sujeto.
(Imagen: Museo Nacional de Roma)
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